Son dos palabras que podrían parecer sinónimas y no lo son. La persona ingenua no comprende del todo lo que ocurre en la realidad. Podría también ser inocente, pero sin saberlo. No tiene suficiente experiencia de vida para identificar la maldad, los defectos o las heridas que pueden ocasionar los demás. Un ejemplo son los niños, quienes no sufren ni se decepcionan de las personas porque no identifican el lado negativo o el pecado de otros. Todos hemos sido niños y ocurrió que, con los años empezamos a descubrir que no todo es “color de rosa”. La inocencia, en cambio, implica no haber ocasionado daño; implica no ser responsable del problema o dolor que hay. Y se agrega a ello que la inocencia se identifica para cada situación, de caso en caso, pues podríamos ser culpables de una realidad y ser inocentes de otra. La ingenuidad es una condición, una forma de ver la realidad con cierta limitación de conciencia, de recursos, de edad o de decisión. Creo, además, que incluso hay p...
Llegó la hora, llegó el momento e hiciste lo que el Padre te pidió. Fuiste a buscar a Juan, aquel que iba preparando el camino para que otros se encontraran contigo. Fuiste a buscarlo, pero no le dijiste: “Llegué, diles a tus discípulos que me sigan”. No. Sencillamente llegó el momento de vivir lo que el Padre te pidió: te pusiste en la fila y, como uno más, fuiste bautizado. Juan el Bautista, obviamente, se sorprendió y cuestionó tu pedido, pues en realidad eres Tú quien debería bautizarlo a él. Pero no; llegó el momento e hiciste lo que el Padre te pidió. Llegó el momento de acercarte a nosotros, ya no solo como el Niño nacido en Belén o el joven de Nazaret. Llegó el momento de acercarte a nuestras vidas como adulto, para caminar con nosotros o para cargarnos... Llegó el momento de solidarizarte y hacerte presente en lo cotidiano de nuestro camino. Y entonces nos viste en la fila buscando la conversión, acogiendo la invitación de Juan para sumergirnos en el ...