Cuando uno va de viaje puede experimentar cosas muy buenas y disfrutar momentos inolvidables, más aún cuando estás con los que quieres. Y cuando llegas de regreso a casa, viene una sensación sana de haber llegado a ese espacio que ofrece protección y tranquilidad porque vives allí. Modos de estar lejos o cerca de la casa hay muchos. Y justo este domingo, Jesús nos regala la hermosa historia llamada el Hijo Pródigo y mejor llamada la del Padre Misericordioso. Los animo a ir haciendo un paralelo en sus vidas, para ubicar en qué aspecto podemos encarnarlo y recibir su enseñanza de vida para el momento que atravesamos. Esta historia empieza con el hijo menor que le pide la herencia a su padre. Y el padre respetando su libertad y a pesar de su pena, se la da. Herencia que puede ser en nuestra vida el uso de nuestros dones, talentos y recursos para ser usados incluso de forma errada, con el fin de sentir “algo nuevo” o para sentirnos “libres” de usarlos sin amor si es que se nos antoja...
Libertad, sinceridad y tranquilidad. Sensaciones que podemos experimentar al caminar descalzos por la playa o en un entorno agradable. Sin embargo, estas emociones son difíciles de alcanzar en un lugar árido o desafiante. Más adelante, intentaré describir esta experiencia a través del hermoso pasaje de la Primera Lectura sobre Moisés. Este relato puede iluminar muchos momentos y vivencias de nuestro espíritu cuando buscamos a Dios, y cuando Él nos busca, abrazándonos con fuerza. Vivió marcado desde su nacimiento por el sufrimiento y la adversidad. Estuvo en peligro de ser asesinado por el faraón en su infancia. Fue salvado y adoptado por la hija del Faraón. Experimentó en su juventud las riquezas y grandezas de Egipto. Pero también sufrió al observar cómo se trataba a los de su propio pueblo. Una injusticia que lo llevó a perder el descontrol con un pecado que lo obligó a huir de Egipto, convirtiéndose en un hombre perseguido por la ley, enfrentando el hambre y el dolor en el d...