Hace poco recibí el regalo de una de las personas que más quiero. Uno que me encantó y que no me lo esperaba. Y al darle un abrazo grande de agradecimiento sincero, sentí cómo lo concreto de un regalo físico trae en realidad una experiencia más honda y feliz aún; pues eso que recibimos nos alegra y entusiasma, pero la intención, tiempo, detalle, esfuerzo y amor que puso esa persona es lo que más goza el corazón. Y es que creo que a todos nos encanta recibir un regalo de alguien querido, pero creo que, al recibirlo, evoca en el alma algo más importante, que es el recibir el amor de esa persona que tanto queremos. Eso que no se ve, pero que marca el corazón y es más importante que el regalo recibido. Creo que esta es una pobre y muy corta analogía sobre lo que realmente hoy celebramos en Pentecostés, y espero pueda explicarme bien. Dios al mundo, se hizo Hombre y se hizo de carne y hueso. Lo vieron, tocaron sus llagas, le vieron comer y caminar con ellos. Pero al subir...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...