Hace poco recibí el regalo de una de
las personas que más quiero. Uno que me encantó y que no me lo esperaba. Y al
darle un abrazo grande de agradecimiento sincero, sentí cómo lo concreto de un
regalo físico trae en realidad una experiencia más honda y feliz aún; pues eso que
recibimos nos alegra y entusiasma, pero la intención, tiempo, detalle, esfuerzo
y amor que puso esa persona es lo que más goza el corazón.
Y es que creo que a todos nos encanta
recibir un regalo de alguien querido, pero creo que, al recibirlo, evoca en el
alma algo más importante, que es el recibir el amor de esa persona que tanto
queremos. Eso que no se ve, pero que marca
el corazón y es más importante que el regalo recibido.
Creo que esta es una pobre y muy
corta analogía sobre lo que realmente hoy celebramos en Pentecostés, y espero
pueda explicarme bien.
Dios al mundo, se hizo Hombre y se
hizo de carne y hueso. Lo vieron, tocaron sus llagas, le vieron comer y caminar
con ellos. Pero al subir a los cielos, nos prometió que vendría el Espíritu
Santo con una promesa muy misteriosa:
“Os conviene que yo me vaya; porque
si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo
enviaré”. Jn 16,7
Nos promete dejar de verlo para
recibir a Alguien que no vemos, no tocamos. Y entonces ¿Quién es esta Persona
de la Trinidad que muchas veces es el gran Desconocido?
A quién recibimos en la Iglesia y sobre
todo a quién podemos recibirlo dentro, de tal manera que sea el que circule por
las venas de nuestra historia, de nuestra vida, de nuestras decisiones y
luchas.
Hoy celebramos la venida de Alguien
(no algo que es solo fuerza y energía como muchos puedan entender…). Hoy
celebramos que la promesa de Cristo ha sido cumplida porque podemos recibir no
solo el mejor regalo que el Padre y el Hijo pudieron darnos, sino recibir a
Aquel que habita, vive y camina con nosotros.
El Espíritu es esta Persona que es el
Regalo del mismo amor, el Regalo de la misma gracia, el Regalo de poder
participar de la unión entre el Padre y el Hijo, es el Regalo de aquellas ideas
buenísimas que vinieron cuando más las necesitábamos, el autor de las victorias
en nuestras luchas, el Regalo de sentirnos consolados y animados para ponernos
de pie, es el Regalo que permitió que no caigamos en esa tentación difícil de
vencer, el Regalo que permitió que seamos capaces de perdonar y pedir perdón cuando
sentíamos que no seríamos capaces de lograrlo, es el Regalo que nos permite dar
esos consejos que salieron de nuestros labios sin comprender cómo, es el que nos dio la fuerza para ir fortaleciendo el corazón en el duelo, es el origen
que nos da la fuerza para trabajar y evangelizar animados y motivados por dar
siempre lo mejor.
El Espíritu Santo que es la Persona
Amor, es quien nos da el ingrediente más importante para ser felices: el amor.
Es quien nos ayuda a amar cada vez más y mejor, el que nos enciende el corazón
para darlo todo, el que nos permite experimentar que el gozo y alegría ya no
cabe más en el pecho.
El Espíritu Santo entonces, es este
regalo que no vemos y es a la vez el autor del regalo. Y lo que queda muy claro
es que es más concreto que cualquier objeto grande y visible que alcancemos
percibir con los sentidos.
El Espíritu Santo, el regalo, que nos
permite elevar la mirada y el corazón para vivir según la dignidad de hijos de
Dios que hemos recibido.
Hoy démosle gracias a Dios, porque nos
dio todo y no nos quitó nada, pues dijo que ya no le veríamos al irse al cielo,
pero está tan visible en el Pan de la Eucaristía y de tantas formas en la vida.
Y nos envía al Espíritu Santo, quien nos ayuda más bien a no separar nuestra
vida cotidiana y humana con el fuego que enciende nuestra alma, el viento que
sopla y refresca nuestro camino, y el agua que nos lava y calma la sed con su
fuerza refrescando toda pregunta y angustia.
Y, sobre todo, recibimos en el
Espíritu Santo al mismo amor, el que todo mueve y motiva en nuestra vida. El
Espíritu que como persona viva en nosotros nos ensancha el corazón y nos lleva
a una dimensión divina para unir el amor de nuestro pobre corazón para sumarlo
con el amor divinamente infinito.
Démosle gracia a Dios, démosle ese
abrazo de gratitud con toda el alma y todas las lágrimas, pues hoy podríamos
hacernos una pregunta sincera:
Si tenemos a Cristo Vivo y Resucitado
que nos lleva al cielo, si tenemos al Padre que sueña con nuestra felicidad y si
tenemos al Espíritu que nos da todo lo que necesitamos para dejarnos amar y
para amar:
¿Qué nos falta para ser felices?
¿No será que viendo la vida así, los
problemas se encogen y el espíritu se ensancha?
Celebremos con gozo este día y
démosle gracias a Dios por darnos tantos regalos concretos e infinitos. Porque
al darnos el Espíritu todos los espacios de nuestra vida, de nuestras ideas, de
nuestras dificultades, de nuestras alegrías y dudas podrán llenarse del
Espíritu Santo para volar alto al cielo y correr libremente en este mundo.
Secuencia del
Espíritu Santo
Ven
Espíritu divino,
manda
tu luz desde el cielo.
Padre
amoroso del pobre,
don
en tus dones espléndido.
Luz
que penetras las almas,
fuente
del mayor consuelo.
Ven,
dulce huésped del alma,
descanso
de nuestro esfuerzo.
Tregua
en el duro trabajo,
brisa
en las horas de fuego.
Gozo
que enjuga las lágrimas
y
reconforta en los duelos.
Entra
hasta el fondo del alma
divina
luz y enriquécenos.
Mira
el vacío del alma
si
tú le faltas por dentro.
Mira
el poder del pecado
cuando
no envías tu aliento.
Riega
la tierra en sequía,
sana
el corazón enfermo.
Lava
las manchas.
Infunde
calor de vida en el hielo.
Doma
el espíritu indómito.
Guía
al que tuerce el sendero.
Reparte
tus siete dones
según
la fe de tus siervos.
Por
tu bondad y tu gracia,
dale
al esfuerzo su mérito.
Salva
al que busca salvarse
y
danos tu gozo eterno.
Amén
https://www.youtube.com/watch?v=HJ622tR3QnY&list=RDHJ622tR3QnY&start_radio=1


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