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Mostrando las entradas etiquetadas como Transfiguración

El cofre de la memoria

  Imaginemos que todos tenemos un cofre, el de la memoria. En él guardamos los tesoros importantes, los momentos felices e inolvidables. Si tenemos un buen hábito de conservar y retener todos esos momentos, podremos tener espacios de serenidad y buena soledad para recordar y retomar aquellas experiencias que son como una especie de gasolina para seguir luchando y esforzándonos por lo que más anhelamos y por quienes más amamos. Pero creo que este cofre de la memoria tiene otra característica fundamental: vendrán días difíciles y oscuros en los que no tendremos ni fuerzas ni tiempo, esos en los que parece que una nube oscura se posa sobre lo que estamos haciendo y en los que el reloj avanza lento y con manijas oxidadas de angustia y preocupación. Y entonces, en esos días podemos sacar este cofre de tesoros para recordar esos que son más inolvidables e importantes. Y entonces sentiremos una brisa suave y un poco de paz que nos ayudará a tener como un ecualizador en el corazón para d...

Las dos caras...

  Cuando miramos una moneda, se nos viene a la mente esa frase de “las 2 caras de una misma moneda”, dando a entender que todo tiene el mismo peso. Pero hoy al ver una, me quedé pensando que en un sentido hay un lado más útil y significativo que el otro: en un lado se muestra el sello o el escudo, pero en la otra es donde se indica el valor que tiene. Me vino esta imagen cuando rezaba en el hermoso pasaje de este domingo en el que se nos narra la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor. Un momento en el que sus amigos fueron testigos de algo que marcó sus vidas por adelantado. Ojalá esta figura muy sencilla que uso pueda ayudarnos un poco a comprender el misterio de este pasaje y el de nuestra humanidad. Lo primero que podemos considerar es que los apóstoles siguieron a Jesús por 3 años, en los cuales contemplaron milagros y cosas maravillosas, pero también rechazos y peligros. Pero era tan importante que bastaba estar con Él a pesar de no tener posada cómoda en los viajes...

¿A dónde me llevas?

  En el bellísimo lugar donde ahora Dios me pide estar, estoy rodeada de montañas verdes y nevados hermosos. Y viendo las montañas, puedo recordar que nuestra vida es como un camino hacia la cima. Un camino que puede tener momentos difíciles y áridos, pero que se van haciendo más llevaderos cuando nos acercamos a la meta. El pasaje del Evangelio de este domingo, nos relata el momento en que Jesús se llevó a sus 3 mejores amigos al Monte Tabor. Los lleva, se transfigura mostrándose con apariencia divina y pueden hasta ver a Dios Padre que los cubre para decirles: “Este es mi Hijo Amado, escuchadle”. Me dejó conmovida distintos momentos de este pasaje, pero de manera particular me quedé en el momento en que Jesús pidió que le acompañen. Conociendo a Jesús se imaginarán que no les dijo: “acompáñenme que van a ver a mi Padre, o que van a ver un milagro”. Sencillamente les llamó a que le sigan. Me los imagino camino siguiéndole, cómo confiados, con preguntas y dudas pero calladito...

Más allá del asombro

  Más de una vez al rezar el pasaje de la Transfiguración, busqué ponerme en el lugar de Pedro, Santiago y Juan que fueron llevados por Jesús al Monte Tabor para verle glorioso, “con el rostro brillante como el sol y los vestidos blancos como la luz”. Experiencia en la que el asombro unido a un gozo muy profundo, hizo decir a Pedro estas palabras: “qué bueno es estar aquí, si quieres hagamos tres tiendas”. Como que fue lo primero que le brotó decir, porque la emoción ya no podía contenerse. Un sentimiento muy fuerte en el que Pedro no quería dirigirse a sus amigos con frases como: “¿están viendo lo mismo que yo?” o “no puedo creer lo que estoy viendo…”. A Pedro le brotaba dirigirse a Aquel que es Dios, a quien tanto le conoce y sabe lo que puede estar habitando en su corazón. Pero entonces, este asombro no solo continuó viendo la presencia de Moisés y Elías que dialogaban junto a Él. Vino luego otra experiencia más fuerte aún: “Todavía estaba hablando, cuando una nube luminos...

Sin palabras...

  Hay experiencias fuertes y hondas que pueden dejarnos sin palabras, nos dejan como mudos. Cuando algo bueno nos marca tanto, que es mejor no categorizarlo, porque es como que las palabras no buscan salir, sino ir hacia dentro, más y más… Creo que los misterios verdaderos es mejor no contarlos ni describirlos. Ellos marcan la vida, hablan solos y hablan en silencio.  Los misterios del espíritu pueden hasta generar miedo, porque es un asombro indescriptible que sobrepasa nuestra mente y más aún el corazón. Da la sensación que quiere ponerse en nuestras frágiles manos para ser sostenidos, pero son tan indescriptiblemente bellos que tememos que se quiebren o no seamos capaces de resisitir el peso de su grandeza… Los misterios es mejor dejarlos así, en silencio y paz… Creo que de alguna manera es eso lo que ocurrió en el relato de este domingo, en el que Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan para mostrarse transfigurado. Los lleva a un monte, al monte Tabor, y muestra su ...

Bajando del monte...

  Te invito a un reto muy especial en este día. Entrar en tu interior y tu historia. Y trata de evocar algún momento en el que fuiste muy feliz. Ese o esos momentos en los que no te quedó duda de sentir la presencia y el amor de Dios. Como cuando fuiste madre o padre por primera vez, cuando la naturaleza y el paisaje te hizo llorar de asombro, ese encuentro inolvidable y bendecido con alguna persona querida, esa experiencia de servicio y entrega que te sobrepasó de amor y gozo, haber descubierto el rostro de Cristo en un ser frágil y necesitado, alguna experiencia de oración donde sentiste el abrazo maravilloso de Jesús, ese momento de silencio profundo en el que la paz inundó todo espacio de tu vida y corazón. En fin, ese muy tuyo que es inolvidable. Los que marcaron un antes y un después en tu camino de fe y vida. Creo que si sabemos abrir los ojos del espíritu, podremos vislumbrar que le ponemos a veces más atención a los momentos difíciles de la vida, pero que en realidad e...

Esos momentos imborrables…

  Me siento afortunada. Tengo la certeza de varios momentos, no sólo uno, en los que pude experimentarme feliz, segura de lo que quiero vivir, realizada, comprendida y en comunión anhelada. Sí, diversas experiencias que no he borrado ni borraré de mi memoria. Esos recuerdos que me ayudan a caminar día a día y que son una verdadera vitamina para cuando las cosas son oscuras o difíciles de llevar. Y cuando estos tesoros además se divinizan por ver en ellas la acción y la presencia evidente de Dios, es como que la experiencia indescriptible se multiplica, y no tiene fin. Difícil de categorizar y explicar; y tampoco pretendo hacerlo. Pero les invito a hacer una línea de tiempo para tomar conciencia que todos podemos identificar esos momentos felices e importantes que marcaron nuestro corazón y alentaron nuestro camino más de una vez… El Evangelio de este domingo de Cuaresma cuenta la historia de Jesús que fue a un monte, distinto al de las tentaciones y desierto que vimos el dom...