Creo que uno de los misterios más grandes de todo ser humano es el sufrimiento. Una realidad que no buscamos, pero que está. Dolores injustos, justos, comprensibles, sorpresivos, profundos, pasajeros, áridos, eternos, fugaces. Esos que crecieron a lo largo del tiempo, esas enfermedades, duelos, soledades, impotencias, angustias, ofensas, noticias o defectos personales. Desde los más hondos que parece que nos quitan la voz, que nos nubla los sentidos y nos hace perder la dimensión del tiempo, como aquellos simples y pasajeros que se asemejan a un incón en el dedo más pequeño. Esos que vienen de factores externos o los que se originan dentro del alma. Dolores de tantas formas y dimensiones, pero con una característica común: nos dejan huella, pues luego de ellos no somos los mismos. Creo que es necesario aceptar que es imposible sacarlos de nuestra vida y mucho que se irán echándole la culpa a Dios o a los demás. Sencillamente están, seamos cristianos, ateos, jóvenes o anci...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...