Una sola gota de agua
cayendo sobre una piedra es la descripción de algo débil que parece no poder
actuar sobre lo fuerte y duro. Si observamos el impacto por unas horas, nada
cambia. Pero la física y el tiempo nos enseñan algo distinto: que la constancia vence a la dureza.
Esa pequeña gota, desprovista de fuerza bruta pero armada con una persistencia
inquebrantable, termina por vencer la resistencia de lo que parecía
indestructible.
Si
esto puede ocurrir con nuestra fuerza de voluntad y nuestros pequeños esfuerzos
hechos con amor y constancia, ¿Cómo serán las gotas de amor que Dios va
derramando en nuestros corazones?
La
primera lectura de este domingo tiene una verdad hermosa que nos llevará a
entender también la realidad de la que Jesús nos habla después:
«Como bajan la lluvia
y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que
come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que
cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo». (Is. 55, 10-11)
Del
cielo viene el amor, la gracia y la verdad que Dios nos muestra; cae sobre
muchos corazones y muchas realidades. Cae sobre muchos tipos de tierra. Pero
como dice Dios: “no volverá a
mí vacía”. Es una lluvia constante de amor, palabras de vida que obran,
muestras de afecto y acciones cotidianas que poco a poco van calando en el
alma, en nuestro espíritu, permitiendo que nos encontremos con su verdad.
Este
es el milagro cotidiano y constante que tú y yo, a veces sin percibirlo,
podemos vivir cada día: la acción de Dios en nuestros corazones que se da gota a gota, consiguiendo
que los terrenos más duros, las tierras más secas y áridas, se vayan empapando
de su Palabra hasta ablandarse y hacerse fértiles, capaces de albergar
frondosos árboles y bellísimas plantas.
Hemos
sido creados para ser tierra fecunda, para gozar de la vida plena que Dios nos
da, y Él nos ayuda día a día a preparar el terreno.
Por
eso, creo que la bellísima parábola del sembrador no se puede separar de esta
primera lectura. La parábola nos muestra a ese Sembrador (Dios) que va dejando
semillas que caen en el camino, en tierra pedregosa o entre abrojos que las
ahogan, y finalmente en tierra buena.
Y podría hacernos
pensar, a primera vista, en la “mala puntería” del sembrador… Pero no. Creo que
es una parábola que nos habla de algo hermoso: de la esperanza que tiene el sembrador en todos y cada uno
de nosotros.
Nosotros
albergamos todos estos tipos de suelos y situaciones, pero ¡Él confía! E igual
deja la semilla. Sabe que, con sus gotas constantes de gracia, con las
situaciones de la vida y las acciones que obran en secreto, irá empapando el suelo
del camino, las piedras y los abrojos para transformarlos también en tierra
fértil.
Imposible
para nosotros; muy real y posible para Dios.
Y
es así. Tú y yo queremos ser suelos fértiles, tierras dóciles y fecundas. Pero
también tenemos durezas, superficialidades, preocupaciones e historias que
alteran nuestra tierra. Y frente a eso, tenemos un Padre amoroso que hace
llover gotas de gracia, de encuentros, de “casualidades”, de providencias y de
gestos de los demás que nos gritan cuánto nos ama.
Gotas
de amor en nuestras tierras que hablan con verdad. Gotas que se tradujeron en
Palabra Viva y eficaz.
Este
domingo demos gracias a Dios porque nos dejó su Palabra, nos dio su verdad y
nos regala la gracia para escucharlo, acogerlo y hacer vida en nuestros corazones
lo que nos enseña cada día de nuestra vida.
Demos gracias a Dios
por las gotas de vida que permite que su Palabra de frutos en todos nuestros
suelos, en todos nuestros climas, en todos nuestros días y noches.
Demos gracias a Dios
por sus constantes, pacientes y amorosas gotas de amor y gracia.


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