Cuando era adolescente, no existía el celular y teníamos que hablar por teléfono fijo. Me gustaba hablar por mucho tiempo. Pero algo que siempre me llamó la atención fue el saber que no llamaba a un número equivocado porque la persona que contestaba tenía el mismo tono de voz. Tenía un estilo, o un “ no sé qué”, garantizándome que vivía en esa casa. Y es que las personas que vivimos en la misma casa, tenemos como un aire, una forma de ser y una familiaridad que se refleja de muchas maneras. Viviendo juntos, cultivamos costumbres, gustos, temas de interés, expresiones de cariño o rechazo y formas de pensar entre otros que se afincan a lo largo del tiempo. Es como que se va sembrando una comunión, eso que a veces nos lleva a asombrarnos porque cuando ese niño es idéntico a su padre no es por algo físico, sino por la familiaridad que se respira. Y desde esta experiencia, me atrevo a concluir que todos los seres humanos, creamos en Dios o no, tenemos no sólo un aire familiar, s...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...