Todos anhelamos ser personas plenas, de buscan contribuir todo lo que se pueda para lograr un mundo mejor. Queremos dejar un legado valioso y dar frutos que perduren en el tiempo. Y dentro de varias enseñanzas importantes que Jesús nos dice en el Evangelio de este domingo, nos habla de algo que me dejó resonando: la figura de los frutos buenos y el árbol bueno. Me quedé entonces meditando que más de una vez nos hacemos trampas y actuamos confundidos en la vida, poniéndole más atención a los frutos, los resultados y los logros; pero no lo suficiente a lo que nos habla sobre los árboles buenos: “…no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien”. Lc 6,43-45 Se trata pues, de esforzarse por ser buenos árboles. Los frutos son una consecuencia que se manifiesta de diver...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...