Imagínate una fuente; una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde la que nace aquello que da. Esto, que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño? Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad, preferimos sacar y dar otras cosas… Al leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho hombre. Hemos recibido la fuerza ...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...