Qué especial y qué regalo de Dios es el compartir el camino de la vida con nuestros hermanos. Hay con ellos una relación que no se vive con los demás. Pueda que haya diferencia de edad, que seamos muy distintos unos de otros, pero a la vez hay un estilo o un sello que nos caracteriza y que los demás pueden percibir. Un hermano es capaz de comprender de manera honda, fina, misteriosa y simple lo que estamos viviendo . Es un amigo que ocupa un lugar particular en el corazón... Seguramente hemos vivido con ellos varias peleas, impaciencias y enojos. Pero con ellos es como si no tuvieramos problema de decir las cosas clara y auténticamente. Con ellos no hemos de estar bien cambiados y arreglados al encontrarnos en las mañanas o en los días difíciles, porque nos han visto crecer con pijama, con pataletas o con ideas ilógicas sabiendo trascender y saber que pronto se nos pasará de alguna manera… Compartimos con ellos a mamá y papá. Y entienden muy bien lo que sentimos por ell...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...