Nunca me voy a olvidar aquella vez de niña en la que veía cómo mi mamá hacía un postre en la cocina, y me llamó mucho la atención el olor de la vainilla. Bastaba echar un poco, y el olor que se sentía era muy bueno. Yo estaba convencida que, si tenía un olor tan bueno, el sabor sería mejor. Mi mamá sabía ver mis gestos y miradas. Y adelantándose a lo que estaba a punto de hacer, me dijo: no pruebes la vainilla que está en el pomo, el olor es muy rico pero el sabor es muy feo y te puede hacer daño al estómago. Yo era una niña obediente y confiaba mucho en ella, pero ese día estaba como muy terca y obsesionada con la vainilla. Y entonces ¿Qué hice? Espere que hayan acabado de hacer el postre para que cuando esté la cocina vacía entre a escondidas y demostrarme a mí misma y a los demás que “la vainilla es rica de sabor …”. No hay mucho que deducir sobre este final. Me pareció tan desagradable, que ni ganas tuve de comer el keke salido del horno. Esta historia tan sencilla me vino ho...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...