Cuando estás con esa persona a quien
le tienes toda la confianza del mundo, esa persona incondicional que tan bien
te conoce, es como que no mides las horas y el espacio. Hay una experiencia tan
grande de libertad y seguridad, que aunque esté físicamente más o menos cerca,
hay una certeza de encuentro constante. Es una presencia que no es rutina, sino una
presencia fresca, noble y sencilla. Una presencia que no requiere de anuncios,
no toca el timbre de tu casa o no hace bulla al acercarse. Una presencia que va
más allá de la presencia física, porque es un encuentro que atraviesa barreras
y murallas.
Espero de corazón que todos hayamos
podido experimentar este encuentro y presencia con esas personas que no se van
de nuestra vida porque son parte de ella.
Hoy al rezar las lecturas del
domingo, me dejó resonando el tesoro que es experimentar la presencia de Dios en mi vida. Para mí ésta es una de las experiencias humanas que más me remiten al amor de Dios y de
los demás.
En la primera lectura se nos narra
cómo Dios le anunció a Elías que pasaría a buscarlo en el monte. Y al
esperarlo, Dios no estaba en un huracán, ni un terremoto o en el fuego. Estaba sencillamente
en “el susurro de una brisa suave”. Estaba presente en algo tan sencillo, cotidiano y común de
sentir todos los días.
¿Y no es así lo que pasa en nuestros
días? ¿No es que Dios se nos acerca suavemente de tantas maneras? ¿No es que
esa brisa suave sea la de una sonrisa, la de una mano de ayuda, la de un
corazón que se abre con nosotros, el acto de generosidad de una persona
necesitada, esa moción del corazón que nos anima a ayudar a alguien, ese
perdón que se pide o recibe de un ser querido, esa frase dicha por uno de los nuestros
que llega en el momento preciso, eso que nos ocurre “misteriosamente” cuando más lo necesitábamos, esa ternura recibida en un niño o un anciano, ese abrazo entrañable de
nuestra madre, de nuestro hermano, del mejor amigo, de mi hijo o mi esposo. ¿No
será que Dios está vivamente presente cuando puedo asombrarme con tantas cosas y personas
que me rodean y elevan mi corazón para recordarme que su amor tiene
todos los colores, sabores y sonidos del universo?
Pero además, el Evangelio de este
domingo narra una experiencia que también es muy humana, aunque sea dolorosamente sabida. Les pongo textualmente esta parte pues haciendo un paralelo, son experiencias que pueden ser muy
parecidas en nuestra vida:
“Mientras tanto la barca iba ya muy
lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la
cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los
discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo,
diciendo que era un fantasma”. Mt.
14, 24-26
Estar en una barca, lejos de tierra,
inestable porque el viento contrario la sacude. Y estar a la cuarta vela de la
noche que quiere decir alrededor de las 3 o 4 de la madrugada. Una situación en la que todo parece en contra,
donde la inseguridad, la oscuridad, el miedo e incertidumbre pueda dominarnos.
En ese momento de miedo y oscuridad se da la presencia de Jesús que se acerca
caminando sobre el agua. Y entonces no le pueden reconocer porque el temor es
mayor, y solo pueden concluir que es un fantasma.
Será también que haya circunstancias
en la vida de oscuridad y temor en los que Jesús está muy presente y no tenemos
ojos de fe y confianza para verlo. Pero Jesús nos comprende muy bien y se hace
presente de forma extraordinaria, caminando sobre el agua para confirmarnos que
es mas fuerte que todo lo que pueda dominar nuestras angustias y necesidades.
Si, estoy convencida que con el tiempo podremos descubrir esos días oscuros y
difíciles en los que el milagro de su presencia y la fuerza de su gracia
permitió que la oscuridad de la noche se transforme en luz en el corazón, y la
incertidumbre de las aguas se convierta en tierra firme para nuestros pasos.
Dicen pues que "La hora más
oscura es justo antes del amanecer". Y así podemos descubrir a lo largo de
nuestra vida que hay historias dolorosas en las que junto al sufrimiento se
pudo percibir esa brisa suave del amor de Dios, ese milagro indescriptible que
convirtió la cruz en vida resucitada.
Abramos los ojos del espíritu y las
ventanas del alma para descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas, tanto
en los momentos buenos, como en los sencillos y cotidianos y más aún en los
oscuros en los que no lo veremos o escucharemos claramente, pero está dentro
del espíritu sin tocar el timbre, sin anunciar o pedir permiso porque sabe
cuánto le necesitamos para respirar y vivir.
Abramos el corazón para recibir todo
lo que nos rodea como caricias y abrazos de Aquel que solo quiere vernos felices,
amados y plenos en todas las horas del día y en todas las estaciones del año.
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“Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento
que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el
huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el
terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego
tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave.
Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la
entrada de la cueva”. Reyes 19, 11-13ª


Gracias. Me llego cuando mas lo ncesitaba
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