Creo
que estas semanas y meses las noticias de terremotos y catástrofes nos llevan a
estar preparados para posibles siniestros. Ahora pensamos en el lugar más
seguro donde permanecer ante un sismo y estamos alertas a noticias sobre el
tema, pero también a evaluar temas en nuestra vida. Es un tiempo que puede
recordarnos un poco esa sensación en la época de la pandemia. Fue un tiempo que
mucha gente buscó a Dios nuevamente porque nos rodeaba la enfermedad, la muerte
y la vulnerabilidad. Y tal vez también ahora todo esto nos puede llevar a revisar
nuestras prioridades.
Y
vienen entonces preguntas importantes que podemos hacernos, que pueden evocar
miedos y dudas sobre nuestro futuro. Y aún más esas preguntas sobre la muerte,
sobre la vida eterna y nuestra relación con Dios y los demás.
Me
vino esta idea al meditar en este Evangelio del Domingo tan importante. Una
historia en la que Jesús pide sinceridad a sus discípulos. Es como si evaluara
y quisiera sincerar su relación con ellos. Escucha lo que otros piensan de Él
para luego hacerles una pregunta muy importante que puede ser para nosotros un
hilo conductor en toda nuestra vida de fe:
«Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?». (Mt. 16, 15)
Qué
pregunta tan importante y decisiva. Como esas que se hacen cuando se quiere
definir y confirmar una relación. ¿Quién dices que soy yo?, ¿Quién soy yo para
ti? Una pregunta que implica mirarnos frente a frente y sincerarnos con Él y
con nosotros mismos.
Hoy
Él se pone frente a ti y a mí para que con franqueza reconozcamos la forma y el
lugar que tiene en nuestra vida.
Ante
el peligro, el temor y la fragilidad evidente estiraremos los brazos para pedir
que nos salve como también Pedro lo hizo en la tormenta, se vuelve en alguien
indispensable cuando no sabemos ya a dónde mirar.
Pero
cómo respondemos a esta pregunta en esos momentos de calma, de triunfo, de
alegría, de bienestar, en esos amaneceres sin despertador luego de una intensa
semana de trabajo.
Por
eso creo que es importante atrevernos a pensar si pudiera haber alguna idea
equivocada sobre Él que pueda dañar nuestra mirada, nuestra relación y la forma
incluso de aproximarnos a la vida:
¿Quién
es verdaderamente Cristo para mí? ¿Una obligación, una inversión, el que me convence
de no ir al infierno, el del catecismo, en el que me toca creer y cumplir por
tradición, una mochila de emergencia para el peligro, el que no me escucha, el
que me pide cosas que no quiero, el que me prohíbe lo que quiero, el que no me permite
hacer cosas más divertidas, el que me castiga, el que tiene una lista de mis
faltas, un padre ausente, alguien bueno dentro de la lista de otras personas
buenas?
Tal
vez haya figuras, prejuicios o etiquetas que el mundo y el ambiente nos pone
sobre Él y con el tiempo han ido tomando forma y entraron a nuestra forma de
pensar y sentir. Por eso, qué importante es cuestionarlos, desmenuzar y poder
identificar qué ideas erradas podemos tener sobre Él que nos roban el tesoro de
poder relacionarnos con libertad, gozo y gratitud con Alguien que se entiende solamente
desde el amor y desde esa entrega incondicional.
Y
si yo le preguntara a Jesús ¿Y Tú quien dices que soy yo? me daría una
respuesta tan importante, verdadera y necesaria que describiría todas las
grandezas y riquezas que no somos capaces de conocer e identificar en nosotros
mismos. Mientras pueda pasar que nos describamos como inseguros, tercos o
egoístas, Él nos mirará y la hará desde ese amor que tenemos por los nuestros,
ese esfuerzo constante que tenemos por lograr ese sueño, por esos sacrificios
escondidos que hacemos por aquella persona que tanto amamos, esa ternura que
nos da vergüenza mostrar, esos tesoros escondidos que Él mira y se conmueve una
y otra vez.
Por
eso, en este contexto de temores por futuros terremotos, de miedos o cuestionamientos
de nuestras seguridades e inseguridades, tomemos valor para sincerar nuestra
mente y corazón y cuestionar quién es Jesús para nosotros y si hemos llenado
nuestra mente de ideas equivocadas que dañan nuestra relación y confianza con
Él convirtamos nuestra mente y volvamos a Él como niños que abrazan a su mejor
Amigo.
Retirémonos de todo por un momento y revisemos cómo va todo por dentro, cómo va nuestro espíritu y nuestra alma. Preguntémonos ¿Qué llevamos en el alma a donde sea que vamos? ¿Cómo van las decisiones de nuestra vida? ¿Qué es lo esencial que sacamos y conservamos en un terremoto o en un día de paz?
Mateo 16, 13-20


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