Si alguno ha vivido en el extranjero o
en una cultura diferente entiende cómo hay tantas cosas que se viven distinto.
Los alimentos, las expresiones, los horarios, la forma de comunicarse y relacionarse
con las personas, el clima, etc. Necesitamos adaptarnos y comprender muchas
cosas. La historia de este domingo me
hizo pensar un poco en este tema, pues es el encuentro de una mujer extranjera
de otra religión que sale al encuentro de Jesús.
Y es que cuando una madre ve sufrir a
su hijo, puede ser capaz de muchas cosas por aliviarle. Y este es el testimonio
de una mujer de otra cultura, de otra religión, con costumbres rechazadas por lo
graves que podían ser (sacrificios de niños). Es una mujer que busca ayuda porque
a quien más amaba estaba sufriendo demasiado con una enfermedad espiritual
incapaz de curar con fuerzas humanas (con un demonio muy malo dentro). Y es
Jesús que sabiendo los dolores de estos pueblos llegó a esta zona de Tiro y
Sidón para acercarlos y mostrarles el Reino amoroso de su Padre.
Y es entre ellos dos que se da un
encuentro cargado de misterios y de un hermoso testimonio de fe.
Un encuentro difícil de comprender,
pero que a la vez puede darnos muchas luces sobre experiencias que nos suceden en
nuestro camino de fe.
Vemos una mujer que grita con
desesperación a Jesús para que tenga compasión y cure a su hija. Un grito que
puede asemejarse a esos momentos en los que ya explotamos del miedo, de la angustia
o dolor porque no sabemos qué más hacer. Momentos en los que tal vez estábamos alejados
de Él como extranjeros y lejanos de la casa del Padre y ante esta cruz pedimos
desconsolados ese favor. Tal vez fuimos de los que no creíamos, de los que nos
creemos autosuficientes y no pedíamos su ayuda. Pero hay momentos críticos
y vulnerables en los que dejamos el orgullo a un
lado y le gritamos con fuerza que nos salve. Y Jesús está allí para escuchar,
para acoger y sentir con divino dolor lo que estamos pasando. Está allí,
sabiendo mejor que nosotros lo que necesitamos.
Vemos entonces que Jesús no le contesta. Hasta sus apóstoles le reclaman que diga algo. Ese “silencio”
que nos puede ser familiar. Cuántas veces hemos pasado o hemos escuchado a
nuestros seres queridos que están resentidos porque sienten que Jesús no los
escucha, que ha pasado demasiado tiempo sin ser respondidos, sin recibir lo que
tanto le piden. Un silencio que puede ser uno de los misterios de fe más
difíciles de comprender. Pero un silencio que, pasado el tiempo, pasada la cruz y la
historia, nos lleva a ver hacia atrás y comprender que sí hubo respuesta y que fue
en el mejor momento, y de la mejor forma de haber sido respondida. Una
respuesta no hecha a nuestra medida y con nuestros requisitos de sabor a
inmediato, sino una respuesta que nos trae el mejor bien: frutos para la
eternidad que se empiezan a recibir cuando pudimos madurar aquello,
reconciliar lo otro o darle el verdadero peso a las personas y cosas en nuestra
vida. Un silencio en los decibeles de la vida cotidiana o en el presente, pero
que tiene un volumen muy alto en la historia de nuestra vida y de nuestra
madurez espiritual.
Vemos luego que la mujer se postra y le
pide ayuda, ante lo cual viene esa respuesta de Jesús tan dura y difícil. Le dice que la
salvación no es para los “perritos”, es decir en el lenguaje de ellos que no es
para los extranjeros, sino para el pueblo de Israel (judíos). Y lo asombroso entonces
es ver cómo brota la fe y amor de esta mujer. Ella no es de las personas que se
resiente o se aleja porque las cosas no se responden en la forma que ella espera. No es
como muchos cristianos piadosos que al no tener la respuesta que quieren le
reclaman hasta llegar a decir que “le han invertido tanto tiempo de su vida
para no tener lo le están pidiendo”.
Esta mujer tiene una actitud diferente;
mantiene el diálogo y va más allá. Reconoce ser una extranjera, una extraña o alejada
de Dios. Pero su fe le dice que Él es un Dios justo y misericordioso. Es un
Dios que no se queda en su condición extranjera o pecadora. Le dice con humildad que se conforma con
las migajas, así como la hemorroísa se conformaba con tocar la orla de su manto
y otro romano le dijo “no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra
tuya bastará para sanarme” (Mt. 8,8). Una mujer extranjera que confía y espera
la forma y el momento de Dios para recibir lo que necesita.
Una mujer que nos enseña cómo pedir,
cómo confiar, cómo esperar; con humildad, con fe, con confianza, con la certeza
que el momento y la forma que Dios lo haga será lo mejor.
Una mujer que recibe una muestra de ternura
y asombro de Jesús. El Señor sabía de su fe al atreverse a decir una frase tan dura.
Una mujer con una fe auténtica que viene antes de la respuesta, antes del resultado. La fe del que espera y se
deja amar como un niño en brazos de su Padre, que duerme y juega libremente porque
lo que necesita vendrá en el mejor momento.
Y hoy me parece hermosos que la
historia de esta mujer se una a lo que celebramos el día de ayer: la Asunción
de María. La historia de una mujer extranjera que se encuentra con la de la
Hija de Sion, la Madre de Jesús que es llevada a estar con su Hijo. Una madre que lo es también de esta madre extranjera. Ella, que nos recuerda cuál es nuestro destino y
cuál es nuestra patria verdadera.
Una madre que nos toma de la mano, que
nos guía y nos anima a viajar de regreso para estar siempre al lado de su Hijo. Una madre que,
en esos momentos de gritos, de preguntas y reclamos estará a nuestro lado para
escucharnos, comprendernos y enseñarnos a esperar, a confiar y a tener la
certeza que su Hijo no se queda callado, sino que está tejiendo una historia de
amor que se vivirá para toda la eternidad.
Seamos extranjeros que, tomados de la
mano de María, caminemos a la verdadera patria. Gocemos en esta tierra con el idioma
del amor, con las reglas de la misericordia y la acción de la entrega y
comunión en todo momento.
Madre de la Asunción, ruega por
nosotros y guíanos a la patria celestial.
Mateo 15, 21-28


Muchas gracias por tu reflexión que me ha hecho evaluar cómo estoy viviendo mi fe
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