Quedarse en el plano de las comparaciones a partir de lo que hacemos puede generarnos reclamos de injusticia o susceptibilidades. Y creo que, a la vez, es un acto injusto en sí mismo. Injusto porque estamos asumiendo que nuestra manera de determinar quién hace bien las cosas parte solo de nuestra mirada; asumimos que únicamente nuestra forma de juzgar es la correcta cuando en realidad no es así. Ninguno de nosotros tiene la capacidad de ver la realidad de forma objetiva y total, nadie. ¿Quiénes somos para dictar una sentencia eterna? ¿Quiénes somos para determinar que una persona pueda “merecer” más que otra? Solo Dios es capaz de ver y comprender todo y a todos para juzgar con justicia. Y, finalmente, solo Dios es el juez. ¡Felizmente no somos Dios! Queridos amigos, la justicia de Dios es totalmente diversa a la nuestra. La justicia humana dirá que los actos malos merecen un castigo, que uno debe recibir según la cantidad de cosas y horas que realiza, que debemos ser atendid...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...