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El traje que usamos...


 


Recuerdo con cuánto entusiasmo preparé el vestido que me puse el día de mi profesión perpetua. Quise que fuera de color hueso, casi blanco, para sentirme una novia que se casa con el mejor Esposo.

Recuerdo también el día de mis bodas de plata, cuando quise ponerme una blusa muy alegre que me remitiera al gozo que sentía después de 25 felices años de mi sí definitivo. Recuerdo aquel saco negro y blanco que elegí para el día en que enterramos a mi adorado papá, como un símbolo de lo que vivía en mi corazón: había muerto, pero nacía a una vida nueva. O aquella blusa blanca que llevé el día en que celebré los 30 años de mi profesión perpetua, sintiendo que volvía a casarme con Él.

Y puedo evocar otros momentos importantes en los que elegí un traje apropiado que simbolizara lo que habitaba en mi corazón. No es una cuestión de etiqueta, sino de algo externo que expresa lo que vivo interiormente.

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos presenta la parábola del rey que invita a la boda de su hijo. Los invitados no quieren ir; prefieren ocuparse de otras cosas y, con su desaire, dejan claro cuáles son sus prioridades. Entonces, el rey invita a todos:

“Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales” Mt 22,10

Todos estamos invitados por Dios a ir al cielo, a ser felices, sin importar nuestro pasado, nuestros defectos, nuestros malos hábitos o nuestros problemas. Dios nos quiere felices y llama a todos. Como decía un santo: “Dios no te elige porque eres bueno; te haces bueno porque te ha elegido”.

Ante este bendito llamado, podemos responder agradeciendo, alegrándonos y acogiendo la invitación para estar junto a Él. En este camino, no tiene sentido quedarnos atrapados en la idea de que no somos dignos de su amor o de su perdón; tampoco tiene sentido creer que podemos vivir sin Él, buscando otros tipos de banquetes.




La parábola continúa contando que, cuando el rey llegó a saludar a los invitados, vio a uno que no llevaba el traje de bodas y que, además, no supo qué responder cuando le preguntó por qué no lo llevaba. Entonces fue echado de la fiesta.

Ante una primera impresión, podríamos pensar: “Pero si las apariencias no cuentan, ¿cómo puede ser importante para Dios que usemos un traje apropiado para nuestra salvación?”.

Sin embargo, si caminamos con Jesús, comprenderemos a qué se refiere con ese traje que nos pide.

Podemos descubrir diferentes materiales, hilos y tipos de costura para vestir nuestra vida y nuestro corazón de tal manera que podamos acogerlo: la tela del gozo confiado, el hilo de la esperanza, los puntos de la gratitud, la basta del compromiso y la fidelidad, los acabados de la conversión constante y la base del amor renovado y de la gracia de Dios.

Es un traje que refleja nuestra acogida, nuestra respuesta al llamado y nuestra decisión de aceptar con confianza cada misión que nos toque vivir.

Un traje que, al llevarlo, nos permita estar más unidos a Él, celebrar las bodas con gozo eterno y renovarnos y convertirnos cada vez más, hasta asemejarnos al Esposo.

El reto está en conocer bien nuestra talla, reconocer nuestros dones y talentos, y descubrir qué modelo nos ayuda a superar nuestros defectos y limitaciones; qué tela nos ayuda a abrigarnos o a refrescarnos ante el clima de los vicios o las heridas; qué color nos ayuda a renovar nuestro sí en cada momento de nuestra vida.

Cada uno de nosotros es diferente y atraviesa momentos particulares. Unos son más felices; otros, más estables; algunos están marcados por la cruz y la prueba, y otros, por preguntas y decisiones que aún deben resolver.

Lo que Jesús nos pide es que, en cada momento de la vida, llevemos el traje que nos permita participar en el Banquete del Esposo, caminar con Él, conversar con Él, alimentarnos de Él y vivir en comunión con Él.

Es como si el Banquete preparado para el Hijo fuese, en realidad, un banquete dispuesto también para nosotros: una celebración en la que podamos unirnos cada vez más a Aquel que nos ama tanto.

Y si el rey reprende a ese invitado que no lleva el traje apropiado, será porque su presencia física en la fiesta no se corresponde con una verdadera disposición interior para participar en ella. Es como estar presente sin reconocer la importancia de la celebración, sin abrirse al perdón, sin esperanza y sin un corazón dispuesto a amar a Dios, a sí mismo y a los demás. Es estar en la fiesta sin la gratitud necesaria para acoger el regalo que se le ofrece.

Depende, pues, de cada uno de nosotros si nos ponemos el traje o lo dejamos colgado, permitiendo que el paso del tiempo lo deteriore, que se debilite o que nosotros mismos cambiemos de talla y nos resulte cada vez más difícil volver a usarlo.

El Rey nos quiere felices, nos quiere gozando ya de este Banquete. Y, sobre todo, quiere alimentarnos para que crezcamos, maduremos en el espíritu y lleguemos a ser aquellas personas que Él y nosotros mismos soñamos.

Pongámonos el traje que el Rey nos ha regalado. No hay que esperar un día especial, porque todos los días podemos participar un poco más del Banquete al que hemos sido invitados.

Mt 22,1-14

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Espero esta canción les guste: 






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