Me imagino llegando a casa. Lugar físico o interior al que busco entrar y permanecer. Ese que me da paz, libertad y seguridad. Mi lugar más importante. Y al dirigirme hacia él, me tropiezo con objetos que estorban, que quitan el aire fresco, que disminuyen la iluminación y desentonan con la armonía que espero encontrar. Tal vez objetos viejos, cajas con monedas falsas, tal vez mesas con ofertas inútiles, aparatos para escuchar y ver que me quitarían el silencio para el encuentro, tal vez objetos extraños y curiosos que ocuparían espacio absurdamente. Objetos y estantes que yo no pedí poner, o los que con el tiempo dejé que se arrimen, posen y se instalen sin ser tan consiente. Objetos que tal vez se hayan instalado hasta dentro de mi hogar. Y entonces la persona que mejor me conoce y más me ama viene a visitarme. Mira todo ésto, y sin preguntarme sencillamente saca todo sin dudar y con la fuerza necesaria. Lo barre y aparta de mi casa porque sabe ...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...