Cuando era niña, me despertaba muy temprano los fines de semana, y me encantaba ir a la cama de mis papás para quedarme en medio de los dos. Les hacía preguntas, les contaba lo que estaba andando por mi cabeza o escuchaba lo que conversaban. A veces no había nada que decir, pero eran momentos que no se han borrado de mi alma porque en ellos me sentía protegida y amada por las personas que más amaba en este mundo. Recibir amor y seguridad, admirarlos y quererlos con todo mi corazón. Y hoy que celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, me evoca esta experiencia porque es una sencilla analogía de lo que estamos llamados a vivir. Hoy tomamos conciencia que estamos invitados a participar de este amor, poder estar en medio del amor entre el Padre y el Hijo con el amor del Espíritu. Un misterio que no se puede explicar. Pero un misterio que es indispensable por participar y vivir. Comprender este misterio es difícil, tal vez nos ayuden figuras que nos explicaron de niños: como e...
Hace poco recibí el regalo de una de las personas que más quiero. Uno que me encantó y que no me lo esperaba. Y al darle un abrazo grande de agradecimiento sincero, sentí cómo lo concreto de un regalo físico trae en realidad una experiencia más honda y feliz aún; pues eso que recibimos nos alegra y entusiasma, pero la intención, tiempo, detalle, esfuerzo y amor que puso esa persona es lo que más goza el corazón. Y es que creo que a todos nos encanta recibir un regalo de alguien querido, pero creo que, al recibirlo, evoca en el alma algo más importante, que es el recibir el amor de esa persona que tanto queremos. Eso que no se ve, pero que marca el corazón y es más importante que el regalo recibido. Creo que esta es una pobre y muy corta analogía sobre lo que realmente hoy celebramos en Pentecostés, y espero pueda explicarme bien. Dios al mundo, se hizo Hombre y se hizo de carne y hueso. Lo vieron, tocaron sus llagas, le vieron comer y caminar con ellos. Pero al subir...