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4 días

  Dios me ha regalado en este tiempo la oportunidad de ahondar en el misterio de la muerte y del duelo. Una experiencia tan humana, tan honda y difícil de describir porque es muy particular y única para cada uno de nosotros. Todos hemos pasado por alguna pérdida que puede ser de muchos modos. Hoy me refiero a la de haber pasado por el tránsito de una persona querida que fue parte de nosotros. Duelo en el que se siente como ese desgarro del alma y de la vida, como experimentar que, en ese entierro, se ha enterrado la mitad del corazón. Y hoy en este Evangelio tan hermoso y lleno de esperanza, se nos cuenta el milagro que hace Jesús con su amigo, Lázaro. Un amigo entrañable por quien cuenta en más de un versículo del Evangelio que lloró por su muerte. Junto a Jesús hoy podremos vislumbrar y acoger la esperanza de algo que va más allá del duelo, la certeza de que Él estará siempre acompañándonos y llorando con nosotros. Puse de título el número 4. Y lo puse porque me ha resonado...
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Estás allí

  La historia de este domingo de cuaresma, está llena de significado y de situaciones con las que podemos identificarnos en nuestra vida interior. Es la historia del encuentro con un hombre ciego y la de un milagro. Uno que no fue volver a ver, sino empezar a ver por primera vez.  No es una historia de un encuentro escondido entre ellos dos, sino que particularmente muestra personas que se asombran y otras que cuestionan lo que hizo Jesús. Una historia que me evocó al rezar lo que ocurre en nuestro camino de fe y de amistad con Cristo. Era un ciego de nacimiento acostumbrado a conocer la vida desde lo que le describían, asumir que habría colores y tamaños subjetivos de acuerdo a la percepción de los otros. Era un ciego que dependía de sus padres y de los demás y que se sentía tristemente condenado a vivir así el resto de su vida sin poder ver la luz. Un ciego de nacimiento como lo somos nosotros con tantas cegueras, tantas cosas que nunca hemos visto. Ciegos de ignoranci...

Mi pozo

  Un pozo de agua es esa fuente de la cual luego de cavar hondo podemos sacar algo tan necesario para no tener sed. Es una figura inspiradora para comprender lo que es remitirnos a esa fuente necesaria a la que acude todo ser humano para que, periódicamente, busque eso que lo mantiene vivo y feliz. Este domingo meditamos en el hermoso encuentro entre una mujer samaritana y Jesús, justamente en torno a un pozo. Esto me llevó a considerar que, así como fue a buscarla allí, también Jesús en todo momento nos busca, porque tiene sed de nosotros y nosotros tenemos sed de Él. Creo que todos tenemos un pozo en el corazón; uno que está allí, lo sintamos o no. Y que, a la vez, tenemos otro que es su reflejo, al que tenemos acceso y vemos de forma más concreta y cotidiana. Trataré de compartir esta experiencia en una oración que escribí. Espero que pueda ayudarnos a categorizar y meditar en algo tan hondo y profundo como el pozo que guardamos tú y yo. Juan 4, 5-42 Tengo un pozo al q...

El cofre de la memoria

  Imaginemos que todos tenemos un cofre, el de la memoria. En él guardamos los tesoros importantes, los momentos felices e inolvidables. Si tenemos un buen hábito de conservar y retener todos esos momentos, podremos tener espacios de serenidad y buena soledad para recordar y retomar aquellas experiencias que son como una especie de gasolina para seguir luchando y esforzándonos por lo que más anhelamos y por quienes más amamos. Pero creo que este cofre de la memoria tiene otra característica fundamental: vendrán días difíciles y oscuros en los que no tendremos ni fuerzas ni tiempo, esos en los que parece que una nube oscura se posa sobre lo que estamos haciendo y en los que el reloj avanza lento y con manijas oxidadas de angustia y preocupación. Y entonces, en esos días podemos sacar este cofre de tesoros para recordar esos que son más inolvidables e importantes. Y entonces sentiremos una brisa suave y un poco de paz que nos ayudará a tener como un ecualizador en el corazón para d...

El eco del desierto

  I maginémonos estar en un desierto por más de un día, así como lo estuvo el Señor Jesús. Una experiencia difícil y exigente por el calor, el polvo, la sed y otros factores. Hoy me quedé meditando en una de estas realidades que se viven allí: la soledad. En un desierto no se escuchan sonidos, bullas ni músicas. Estamos sin estímulos físicos y sociales que nos distraigan. Traslademos ahora esta experiencia a la de un desierto interior que implica muchas vivencias. Un desierto en el que no haya personas o distracciones. Sin urgencias por hacer ni ayudas externas que nos hagan más fáciles las cosas. Estar en un desierto interior es como estar cara a cara con nosotros mismos, con la imperiosa necesidad de tener un único eco que suena y resuena en nuestro corazón: el de nuestra verdad y nuestra presencia. Un desierto en el que no podemos ocultarnos con distracciones, evasiones o facilismos; donde ya no podemos echar la culpa a otras personas por nuestra realidad. Tal vez por es...

Desde el fondo de la fuente...

  Imagínate una fuente; una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde la que nace aquello que da. Esto, que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño? Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad, preferimos sacar y dar otras cosas… Al leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho hombre. Hemos recibido la fuerza ...