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El traje que usamos...

  Recuerdo con cuánto entusiasmo preparé el vestido que me puse el día de mi profesión perpetua. Quise que fuera de color hueso, casi blanco, para sentirme una novia que se casa con el mejor Esposo. Recuerdo también el día de mis bodas de plata, cuando quise ponerme una blusa muy alegre que me remitiera al gozo que sentía después de 25 felices años de mi sí definitivo. Recuerdo aquel saco negro y blanco que elegí para el día en que enterramos a mi adorado papá, como un símbolo de lo que vivía en mi corazón: había muerto, pero nacía a una vida nueva. O aquella blusa blanca que llevé el día en que celebré los 30 años de mi profesión perpetua, sintiendo que volvía a casarme con Él. Y puedo evocar otros momentos importantes en los que elegí un traje apropiado que simbolizara lo que habitaba en mi corazón. No es una cuestión de etiqueta, sino de algo externo que expresa lo que vivo interiormente. En el Evangelio de este domingo, Jesús nos presenta la parábola del rey que invita a ...
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El copyright

  Una de las cosas que me impacienta muchas veces es cuando alguien se lleva el “copyright” de méritos o logros que no hizo. Es ese afán tan desordenado de recibir aplausos y reconocimientos, que es capaz de cambiar la historia para ponerle el aderezo de las exageraciones, las relativizaciones y hasta las mentiras para cambiar la historia. Analicemos un poco en qué consiste para luego explicarles lo que meditaba hoy sobre las lecturas tan ricas de este domingo: El copyright es el derecho legal que tiene un creador sobre su obra original. Y este derecho le otorga, entre otras cosas, tres posibilidades principales: Control: decidir quién puede copiar, vender, modificar o mostrar su obra. Reconocimiento: ser reconocido como el autor real de la obra. Beneficio económico: decidir si quiere obtener un beneficio económico por su trabajo y de qué manera. Con este contexto, recordemos que la parábola que narra Jesús es sobre un viñador que hace de todo en su vi...

Saltar la valla...

  Era buena en el colegio; aunque no era la primera del salón, siempre tenía buenas notas. Y si bien se me daban bien con los deportes (entrenaba tenis después de clases), hubo un tema en el que me fue mal. Fue la única vez que reprobé un examen y ocurrió en Educación Física: no era capaz de saltar la valla en atletismo. No sé si era el miedo a volver a resbalarme y hacerme una herida fuerte, pero la sola idea de tropezarme al saltar era un temor que no podía vencer. Hoy, meditando en la parábola que Jesús nos comparte este domingo, se me vino a la mente esta imagen. Es la historia de un padre que pide a sus dos hijos ir a trabajar a la viña. Uno le dijo que sí, pero al final no fue; el otro le dijo que no, pero terminó yendo a trabajar. De allí brota una verdad contundente: el bien cobra vida cuando realmente lo hacemos. Creo que, así como yo le tenía tanto rechazo a saltar esa valla, a lo largo de la vida se nos presentan retos, misiones y situaciones en las que nuestro prime...

La injusticia de las comparaciones...

  Quedarse en el plano de las comparaciones a partir de lo que hacemos puede generarnos reclamos de injusticia o susceptibilidades. Y creo que, a la vez, es un acto injusto en sí mismo. Injusto porque estamos asumiendo que nuestra manera de determinar quién hace bien las cosas parte solo de nuestra mirada; asumimos que únicamente nuestra forma de juzgar es la correcta cuando en realidad no es así. Ninguno de nosotros tiene la capacidad de ver la realidad de forma objetiva y total, nadie. ¿Quiénes somos para dictar una sentencia eterna? ¿Quiénes somos para determinar que una persona pueda “merecer” más que otra? Solo Dios es capaz de ver y comprender todo y a todos para juzgar con justicia. Y, finalmente, solo Dios es el juez. ¡Felizmente no somos Dios! Queridos amigos, la justicia de Dios es totalmente diversa a la nuestra. La justicia humana dirá que los actos malos merecen un castigo, que uno debe recibir según la cantidad de cosas y horas que realiza, que debemos ser atendid...

Una diferencia abismal

  El perdón es una de las experiencias humanas más difíciles de experimentar y vivir. Perdonar implica dejar de lado la venganza ante el daño recibido, implica pasar a otra página para que el corazón deje de estar aferrado a una experiencia dolorosa, injusta, humillante, violenta que nos hizo daño. Y cuando esta experiencia invita a ser vivida con aquella persona que amamos más, es algo sumamente difícil de vivir. La herida y el dolor puede llevarnos como a estar anestesiados y paralizados, sin dejar de asombrarnos por haber recibido una herida tan grande de alguien en quien confiábamos mucho, de aquella persona a quien pusimos el corazón en la mano, con la que crecimos o aquella que vimos y ayudamos a crecer. Muy difícil y a veces hasta imposible. Tal vez por ello el perdón es una verdadera muestra de amor, porque implica confiar y mirar a esa persona con ojos de amor nuevamente, porque implica decirle: “sé que eras consciente del daño y a pesar de eso lo hiciste, y yo aunque ...

El arte de hablar...

  Todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido la experiencia de hacer una corrección a una persona que amamos mucho: hijos, pareja, amigos, hermanos, compañeros de trabajo, etc. Y es que, si queremos a alguien, buscamos el bien para esa persona.   Buscamos que sea feliz, que deje de vivir en la mentira, que se conozca bien y sea consciente de sus grandezas, pero también de todo aquello que necesita cambiar. Cuando amamos a una persona no podemos evitar el dolor cuando le vemos torcer el camino y tomar malas decisiones. Es entonces cuando el amor que nos muestra Jesús nos pide actuar, nos anima a no quedarnos con los brazos cruzados, nos pide hablar y hacer lo que esté en nuestras manos para que pueda cambiar. Pero hemos de reconocer que esta experiencia muchas veces no es tan fácil. Tendremos personas en nuestra vida que con sencillez y gratitud nos escuchan y acogen lo que podemos decirles. Pero hay otras que el orgullo o la dependencia tan fuerte a lo que viven...