I maginémonos estar en un desierto por más de un día, así como lo estuvo el Señor Jesús. Una experiencia difícil y exigente por el calor, el polvo, la sed y otros factores. Hoy me quedé meditando en una de estas realidades que se viven allí: la soledad. En un desierto no se escuchan sonidos, bullas ni músicas. Estamos sin estímulos físicos y sociales que nos distraigan. Traslademos ahora esta experiencia a la de un desierto interior que implica muchas vivencias. Un desierto en el que no haya personas o distracciones. Sin urgencias por hacer ni ayudas externas que nos hagan más fáciles las cosas. Estar en un desierto interior es como estar cara a cara con nosotros mismos, con la imperiosa necesidad de tener un único eco que suena y resuena en nuestro corazón: el de nuestra verdad y nuestra presencia. Un desierto en el que no podemos ocultarnos con distracciones, evasiones o facilismos; donde ya no podemos echar la culpa a otras personas por nuestra realidad. Tal vez por es...
Imagínate una fuente; una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde la que nace aquello que da. Esto, que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño? Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad, preferimos sacar y dar otras cosas… Al leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho hombre. Hemos recibido la fuerza ...