Nunca me voy a olvidar aquella vez de niña en la que veía cómo mi mamá hacía un postre en la cocina, y me llamó mucho la atención el olor de la vainilla. Bastaba echar un poco, y el olor que se sentía era muy bueno. Yo estaba convencida que, si tenía un olor tan bueno, el sabor sería mejor. Mi mamá sabía ver mis gestos y miradas. Y adelantándose a lo que estaba a punto de hacer, me dijo: no pruebes la vainilla que está en el pomo, el olor es muy rico pero el sabor es muy feo y te puede hacer daño al estómago. Yo era una niña obediente y confiaba mucho en ella, pero ese día estaba como muy terca y obsesionada con la vainilla. Y entonces ¿Qué hice? Espere que hayan acabado de hacer el postre para que cuando esté la cocina vacía entre a escondidas y demostrarme a mí misma y a los demás que “la vainilla es rica de sabor …”. No hay mucho que deducir sobre este final. Me pareció tan desagradable, que ni ganas tuve de comer el keke salido del horno. Esta historia tan sencilla ...
Cuando era niña me encantaba leer unos libros que se llamaban el ¿Por qué? y el ¿Cómo? Preguntas que mes las hice siempre, y que me han llevado a tanto asombro y a nuevas preguntas que sin haberlas podido responder, me llevaron a encontrarme con el mismo Dios. Creo que es muy humano y comprensible preguntarnos y querer tener la vida más controlada con respuestas claras. Sin embargo, hemos de entender también que nuestra humanidad y las realidades más importantes de nuestra vida tendrán siempre un resquicio de misterio y de respuestas inconclusas. Algo así es lo que me viene al corazón en el Evangelio de este domingo. Un diálogo que se da en la Última Cena, en la que Jesús les promete prepararnos una morada y en la que ante la pregunta sobre el camino para llegar a ella, Cristo revela que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Un diálogo en el que revela su unión con el Padre y en el que nos muestra claramente que la única manera de alc...