La historia de este domingo de cuaresma, está llena de significado y de situaciones con las que podemos identificarnos en nuestra vida interior. Es la historia del encuentro con un hombre ciego y la de un milagro. Uno que no fue volver a ver, sino empezar a ver por primera vez. No es una historia de un encuentro escondido entre ellos dos, sino que particularmente muestra personas que se asombran y otras que cuestionan lo que hizo Jesús. Una historia que me evocó al rezar lo que ocurre en nuestro camino de fe y de amistad con Cristo. Era un ciego de nacimiento acostumbrado a conocer la vida desde lo que le describían, asumir que habría colores y tamaños subjetivos de acuerdo a la percepción de los otros. Era un ciego que dependía de sus padres y de los demás y que se sentía tristemente condenado a vivir así el resto de su vida sin poder ver la luz. Un ciego de nacimiento como lo somos nosotros con tantas cegueras, tantas cosas que nunca hemos visto. Ciegos de ignoranci...
Un pozo de agua es esa fuente de la cual luego de cavar hondo podemos sacar algo tan necesario para no tener sed. Es una figura inspiradora para comprender lo que es remitirnos a esa fuente necesaria a la que acude todo ser humano para que, periódicamente, busque eso que lo mantiene vivo y feliz. Este domingo meditamos en el hermoso encuentro entre una mujer samaritana y Jesús, justamente en torno a un pozo. Esto me llevó a considerar que, así como fue a buscarla allí, también Jesús en todo momento nos busca, porque tiene sed de nosotros y nosotros tenemos sed de Él. Creo que todos tenemos un pozo en el corazón; uno que está allí, lo sintamos o no. Y que, a la vez, tenemos otro que es su reflejo, al que tenemos acceso y vemos de forma más concreta y cotidiana. Trataré de compartir esta experiencia en una oración que escribí. Espero que pueda ayudarnos a categorizar y meditar en algo tan hondo y profundo como el pozo que guardamos tú y yo. Juan 4, 5-42 Tengo un pozo al q...