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Desde el fondo de la fuente...

  Imagínate una fuente; una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde la que nace aquello que da. Esto, que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño? Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad, preferimos sacar y dar otras cosas… Al leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho hombre. Hemos recibido la fuerza ...
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La primera chispa...

  Subí al bus el otro día, y me llamó gratamente la atención un pequeño detalle: había gente parada, pero había 4 sitios en la zona preferencial en los que nadie se sentó. Me quedé pensando entonces que todo pudo empezar con una persona que decidió dejar libre el lugar, lo cual llevó a otro a hacer lo mismo. Me quedé conmovida pues era como la cadena de una buena acción que contagió a que otros hicieran lo mismo. Una cadena que empezó con una primera chispa que encendió a otros. Y así el bien creció... Y al rezar el lindo Evangelio en el que Jesús nos dice que somos la luz del mundo y la sal de la tierra, me acordé de esta experiencia, porque en nuestra vida cristiana existe esa primera chispa que empezó el fuego de la verdadera revolución del amor. Una primera chispa que tiene el rostro de Jesús.   Y es que El amor de Dios, es luz de vida, es como esa Chispa indescriptible y misteriosa que puede transformar absolutamente todo. Es esa Chispa de amor capaz de convertir lo...

Como aves libres...

  Hace un tiempo tuve un sueño muy bonito en el que estaba volando. Tomaba impulso, y con esfuerzo y ganas podía elevarme más alto. Me sentía libre y sentía cómo el viento fresco me impulsaba a seguir haciéndolo. Hoy al rezar en el Evangelio de este domingo sobre las Bienaventuranzas, me vino el recuerdo de este sueño. El Espíritu me dio el regalo de comprender un poco más cómo el Señor nos quiere libres y que volemos alto. Libres porque podemos liberamos de cadenas o cintas delgada que puedan atarnos y atrasar nuestra felicidad. Este domingo tal vez sea ocasión para escuchar al Señor y cortar esas cintas o cadenas para volar alto con la fuerza del amor de Dios. Les comparto una oración que escribí. Espero que les ayude ver a las Bienaventuranzas como un verdadero camino de libertad y de amor que se logra cuando nos unimos a Él y tenemos puesta la mirada en el Sol, en lo alto y en lo verdaderamente importante. Soltemos lo que nos ata y volemos para ser felices desde ya y para...

Nacidos para la luz

  Quienes me conocen, saben que disfruto todo lo que hago. Disfruto de las personas, de las misiones que Dios me encomienda, que amo mi vida consagrada y me apasiona ser profesora. Me encanta tanto la soledad como estar rodeada de gente y amigos. Amo estar a solas con Dios rezando y experimentando su amor en mi vida. ¡Me encanta todo! Entonces con sencillez y alegría les puedo confesar que tengo el regalo de ser una mujer feliz. He pasado por muchas cruces y retos, sufro con los demás y enfrentado pruebas de todo tipo; pero, a pesar de ello, me siento una mujer realizada, sabiendo que cada día podré serlo más y más. Todo en la vida me encanta, porque estoy convencida que todo tiene el encanto de su amor y la huella de la eternidad…. Les comparto esto porque estoy convencida de que  todos  hemos nacido para ser felices. Cada uno de nosotros posee dones, gustos, cualidades, colores y motivaciones únicas que nos permiten ser felices de una forma irrepetible. Dios sueña con n...

Inocente pero no ingenuo

  Son dos palabras que podrían parecer sinónimas y no lo son. La persona ingenua no comprende del todo lo que ocurre en la realidad. Podría también ser inocente, pero sin saberlo. No tiene suficiente experiencia de vida para identificar la maldad, los defectos o las heridas que pueden ocasionar los demás. Un ejemplo son los niños, quienes no sufren ni se decepcionan de las personas porque no identifican el lado negativo o el pecado de otros. Todos hemos sido niños y ocurrió que, con los años empezamos a descubrir que no todo es “color de rosa”. La inocencia, en cambio, implica no haber ocasionado daño; implica no ser responsable del problema o dolor que hay. Y se agrega a ello que la inocencia se identifica para cada situación, de caso en caso, pues podríamos ser culpables de una realidad y ser inocentes de otra. La ingenuidad es una condición, una forma de ver la realidad con cierta limitación de conciencia, de recursos, de edad o de decisión. Creo, además, que incluso hay p...

Llegó el momento...

  Llegó la hora, llegó el momento e hiciste lo que el Padre te pidió. Fuiste a buscar a Juan, aquel que iba preparando el camino para que otros se encontraran contigo. Fuiste a buscarlo, pero no le dijiste: “Llegué, diles a tus discípulos que me sigan”. No. Sencillamente llegó el momento de vivir lo que el Padre te pidió: te pusiste en la fila y, como uno más, fuiste bautizado. Juan el Bautista, obviamente, se sorprendió y cuestionó tu pedido, pues en realidad eres Tú quien debería bautizarlo a él. Pero no; llegó el momento e hiciste lo que el Padre te pidió. Llegó el momento de acercarte a nosotros, ya no solo como el Niño nacido en Belén o el joven de Nazaret.  Llegó el momento de acercarte a nuestras vidas como adulto, para caminar con nosotros o para cargarnos...  Llegó el momento de solidarizarte y hacerte presente en lo cotidiano de nuestro camino. Y entonces nos viste en la fila buscando la conversión, acogiendo la invitación de Juan para sumergirnos en el ...