Era buena en el colegio; aunque no era la primera del salón, siempre tenía buenas notas. Y si bien se me daban bien con los deportes (entrenaba tenis después de clases), hubo un tema en el que me fue mal. Fue la única vez que reprobé un examen y ocurrió en Educación Física: no era capaz de saltar la valla en atletismo. No sé si era el miedo a volver a resbalarme y hacerme una herida fuerte, pero la sola idea de tropezarme al saltar era un temor que no podía vencer. Hoy, meditando en la parábola que Jesús nos comparte este domingo, se me vino a la mente esta imagen. Es la historia de un padre que pide a sus dos hijos ir a trabajar a la viña. Uno le dijo que sí, pero al final no fue; el otro le dijo que no, pero terminó yendo a trabajar. De allí brota una verdad contundente: el bien cobra vida cuando realmente lo hacemos. Creo que, así como yo le tenía tanto rechazo a saltar esa valla, a lo largo de la vida se nos presentan retos, misiones y situaciones en las que nuestro prime...
Quedarse en el plano de las comparaciones a partir de lo que hacemos puede generarnos reclamos de injusticia o susceptibilidades. Y creo que, a la vez, es un acto injusto en sí mismo. Injusto porque estamos asumiendo que nuestra manera de determinar quién hace bien las cosas parte solo de nuestra mirada; asumimos que únicamente nuestra forma de juzgar es la correcta cuando en realidad no es así. Ninguno de nosotros tiene la capacidad de ver la realidad de forma objetiva y total, nadie. ¿Quiénes somos para dictar una sentencia eterna? ¿Quiénes somos para determinar que una persona pueda “merecer” más que otra? Solo Dios es capaz de ver y comprender todo y a todos para juzgar con justicia. Y, finalmente, solo Dios es el juez. ¡Felizmente no somos Dios! Queridos amigos, la justicia de Dios es totalmente diversa a la nuestra. La justicia humana dirá que los actos malos merecen un castigo, que uno debe recibir según la cantidad de cosas y horas que realiza, que debemos ser atendid...