El otro día me encontré en una situación que seguramente les ha sucedido a ustedes: después de varias horas de trabajo, mi computadora comenzó a ralentizarse. Los programas tardaban en responder, y no podía avanzar igual. Recordé que hacía días que no la había apagado, dejándola solo en modo de hibernación. Entonces decidí reiniciarla. Esperé unos minutos con paciencia y vi que valió la pena. La máquina volvió a trabajar bien. Esta simple historia me llevó a un simple paralelo con lo que estaba rezando sobre el Evangelio de este Segundo Domingo de Adviento, cuando la Iglesia nos invita especialmente a la conversión. Este pasaje comienza con las palabras Juan Bautista desde el desierto: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”» (Mt 3, 1-3). Espero que esta tan simple comparación no les moleste y les pueda ayudar un poco a c...
Qué emoción se vive cuando preparamos la visita de alguien querido a nuestra casa. Esperamos la llegada de ese día preparando y disponiendo todo para que esté a gusto, para que se sienta bien y perciba el cariño que le tenemos con detalles y esfuerzos. Cuando sabemos el día y la hora que vendrá, podemos organizar y planificar mejor cosas más especiales y elaboradas. Y todo con entusiasmo porque nos llena de alegría el corazón. Pero existen también esas personas a las que queremos tanto y que le tenemos una confianza tal, que no tienen que anunciar su visita, pues pueden llegar en cualquier momento para hacernos compañía, para contarnos algo nuevo o para quedarse en silencio y comunión haciéndonos compañía. Personas que ocupan un lugar mucho más profundo en el alma. Y tal vez por ser tan especiales, les guardamos en la despensa lo que tanto le gusta, o tenemos siempre a la mano lo que sabemos que necesitará. Son esas personas que ocupan un lugar indispensable en nuestro camino...