Hace poco recibí el regalo de una de las personas que más quiero. Uno que me encantó y que no me lo esperaba. Y al darle un abrazo grande de agradecimiento sincero, sentí cómo lo concreto de un regalo físico trae en realidad una experiencia más honda y feliz aún; pues eso que recibimos nos alegra y entusiasma, pero la intención, tiempo, detalle, esfuerzo y amor que puso esa persona es lo que más goza el corazón. Y es que creo que a todos nos encanta recibir un regalo de alguien querido, pero creo que, al recibirlo, evoca en el alma algo más importante, que es el recibir el amor de esa persona que tanto queremos. Eso que no se ve, pero que marca el corazón y es más importante que el regalo recibido. Creo que esta es una pobre y muy corta analogía sobre lo que realmente hoy celebramos en Pentecostés, y espero pueda explicarme bien. Dios al mundo, se hizo Hombre y se hizo de carne y hueso. Lo vieron, tocaron sus llagas, le vieron comer y caminar con ellos. Pero al subir...
Hay experiencias en nuestra vida que marcan, que son inolvidables y dejan huella. Experiencias que pueden definir nuestra forma de ver la vida, nuestras opciones y decisiones. Esos momentos de nuestra historia que nos pudieron llevar a ser y hacer lo que somos y vivimos en la actualidad. Hoy, en la Solemnidad de la Ascensión, las lecturas nos ofrecen un detalle muy hermoso del que hoy pude tomar conciencia. Y es que la primera lectura sobre la Ascensión ocurrió en Jerusalén, pero antes, Jesús les pide encontrarse con ellos en Galilea, que queda a 190 km de Jerusalén (4 o 6 días a pie). ¿Por qué? Allí todo comenzó. Galilea es el lugar del llamado a los primeros apóstoles en el mar de Tiberíades, donde empezó a hablar y darse a conocer. Donde Simón, Andrés, Juan y Santiago se convirtieron, dejando sus redes para empezar una vida nueva y plena. Y por ello en Galilea, quiso explicitarles su misión: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced disc...