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El cofre de la memoria

  Imaginemos que todos tenemos un cofre, el de la memoria. En él guardamos los tesoros importantes, los momentos felices e inolvidables. Si tenemos un buen hábito de conservar y retener todos esos momentos, podremos tener espacios de serenidad y buena soledad para recordar y retomar aquellas experiencias que son como una especie de gasolina para seguir luchando y esforzándonos por lo que más anhelamos y por quienes más amamos. Pero creo que este cofre de la memoria tiene otra característica fundamental: vendrán días difíciles y oscuros en los que no tendremos ni fuerzas ni tiempo, esos en los que parece que una nube oscura se posa sobre lo que estamos haciendo y en los que el reloj avanza lento y con manijas oxidadas de angustia y preocupación. Y entonces, en esos días podemos sacar este cofre de tesoros para recordar esos que son más inolvidables e importantes. Y entonces sentiremos una brisa suave y un poco de paz que nos ayudará a tener como un ecualizador en el corazón para d...
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El eco del desierto

  I maginémonos estar en un desierto por más de un día, así como lo estuvo el Señor Jesús. Una experiencia difícil y exigente por el calor, el polvo, la sed y otros factores. Hoy me quedé meditando en una de estas realidades que se viven allí: la soledad. En un desierto no se escuchan sonidos, bullas ni músicas. Estamos sin estímulos físicos y sociales que nos distraigan. Traslademos ahora esta experiencia a la de un desierto interior que implica muchas vivencias. Un desierto en el que no haya personas o distracciones. Sin urgencias por hacer ni ayudas externas que nos hagan más fáciles las cosas. Estar en un desierto interior es como estar cara a cara con nosotros mismos, con la imperiosa necesidad de tener un único eco que suena y resuena en nuestro corazón: el de nuestra verdad y nuestra presencia. Un desierto en el que no podemos ocultarnos con distracciones, evasiones o facilismos; donde ya no podemos echar la culpa a otras personas por nuestra realidad. Tal vez por es...

Desde el fondo de la fuente...

  Imagínate una fuente; una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde la que nace aquello que da. Esto, que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño? Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad, preferimos sacar y dar otras cosas… Al leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho hombre. Hemos recibido la fuerza ...

La primera chispa...

  Subí al bus el otro día, y me llamó gratamente la atención un pequeño detalle: había gente parada, pero había 4 sitios en la zona preferencial en los que nadie se sentó. Me quedé pensando entonces que todo pudo empezar con una persona que decidió dejar libre el lugar, lo cual llevó a otro a hacer lo mismo. Me quedé conmovida pues era como la cadena de una buena acción que contagió a que otros hicieran lo mismo. Una cadena que empezó con una primera chispa que encendió a otros. Y así el bien creció... Y al rezar el lindo Evangelio en el que Jesús nos dice que somos la luz del mundo y la sal de la tierra, me acordé de esta experiencia, porque en nuestra vida cristiana existe esa primera chispa que empezó el fuego de la verdadera revolución del amor. Una primera chispa que tiene el rostro de Jesús.   Y es que El amor de Dios, es luz de vida, es como esa Chispa indescriptible y misteriosa que puede transformar absolutamente todo. Es esa Chispa de amor capaz de convertir lo...

Como aves libres...

  Hace un tiempo tuve un sueño muy bonito en el que estaba volando. Tomaba impulso, y con esfuerzo y ganas podía elevarme más alto. Me sentía libre y sentía cómo el viento fresco me impulsaba a seguir haciéndolo. Hoy al rezar en el Evangelio de este domingo sobre las Bienaventuranzas, me vino el recuerdo de este sueño. El Espíritu me dio el regalo de comprender un poco más cómo el Señor nos quiere libres y que volemos alto. Libres porque podemos liberamos de cadenas o cintas delgada que puedan atarnos y atrasar nuestra felicidad. Este domingo tal vez sea ocasión para escuchar al Señor y cortar esas cintas o cadenas para volar alto con la fuerza del amor de Dios. Les comparto una oración que escribí. Espero que les ayude ver a las Bienaventuranzas como un verdadero camino de libertad y de amor que se logra cuando nos unimos a Él y tenemos puesta la mirada en el Sol, en lo alto y en lo verdaderamente importante. Soltemos lo que nos ata y volemos para ser felices desde ya y para...

Nacidos para la luz

  Quienes me conocen, saben que disfruto todo lo que hago. Disfruto de las personas, de las misiones que Dios me encomienda, que amo mi vida consagrada y me apasiona ser profesora. Me encanta tanto la soledad como estar rodeada de gente y amigos. Amo estar a solas con Dios rezando y experimentando su amor en mi vida. ¡Me encanta todo! Entonces con sencillez y alegría les puedo confesar que tengo el regalo de ser una mujer feliz. He pasado por muchas cruces y retos, sufro con los demás y enfrentado pruebas de todo tipo; pero, a pesar de ello, me siento una mujer realizada, sabiendo que cada día podré serlo más y más. Todo en la vida me encanta, porque estoy convencida que todo tiene el encanto de su amor y la huella de la eternidad…. Les comparto esto porque estoy convencida de que  todos  hemos nacido para ser felices. Cada uno de nosotros posee dones, gustos, cualidades, colores y motivaciones únicas que nos permiten ser felices de una forma irrepetible. Dios sueña con n...