El perdón es una de las experiencias humanas más difíciles de experimentar y vivir. Perdonar implica dejar de lado la venganza ante el daño recibido, implica pasar a otra página para que el corazón deje de estar aferrado a una experiencia dolorosa, injusta, humillante, violenta que nos hizo daño. Y cuando esta experiencia invita a ser vivida con aquella persona que amamos más, es algo sumamente difícil de vivir. La herida y el dolor puede llevarnos como a estar anestesiados y paralizados, sin dejar de asombrarnos por haber recibido una herida tan grande de alguien en quien confiábamos mucho, de aquella persona a quien pusimos el corazón en la mano, con la que crecimos o aquella que vimos y ayudamos a crecer. Muy difícil y a veces hasta imposible. Tal vez por ello el perdón es una verdadera muestra de amor, porque implica confiar y mirar a esa persona con ojos de amor nuevamente, porque implica decirle: “sé que eras consciente del daño y a pesar de eso lo hiciste, y yo aunque ...
Todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido la experiencia de hacer una corrección a una persona que amamos mucho: hijos, pareja, amigos, hermanos, compañeros de trabajo, etc. Y es que, si queremos a alguien, buscamos el bien para esa persona. Buscamos que sea feliz, que deje de vivir en la mentira, que se conozca bien y sea consciente de sus grandezas, pero también de todo aquello que necesita cambiar. Cuando amamos a una persona no podemos evitar el dolor cuando le vemos torcer el camino y tomar malas decisiones. Es entonces cuando el amor que nos muestra Jesús nos pide actuar, nos anima a no quedarnos con los brazos cruzados, nos pide hablar y hacer lo que esté en nuestras manos para que pueda cambiar. Pero hemos de reconocer que esta experiencia muchas veces no es tan fácil. Tendremos personas en nuestra vida que con sencillez y gratitud nos escuchan y acogen lo que podemos decirles. Pero hay otras que el orgullo o la dependencia tan fuerte a lo que viven...