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Mostrando las entradas etiquetadas como Anunciar a Cristo

Un palito de fósforo...

  Todos los días prendo mi cocina con un pequeño palito de fósforo, que al frotarse sobre una cajita enciende un fuego que permite calentar y cocer alimentos. Algo tan chiquito que origina cosas grandes. Un palito que podría provocar un incendio, que puede iluminar un cuarto oscuro o encender una fogata que abrigue y caliente en un duro invierno.   Creo que todos podríamos compararnos con este pequeño palito de fósforos: frágil y débil. Que, si se queda solo, puede quebrarse, mojarse o caerse dejando de arder y cumplir su misión. Pero que al unirse a ese objeto necesario, se convierte en calor y fuego. Hoy el Evangelio nos habla del fuego que trae Cristo, uno que al arder no trae la paz que busca el mundo. Un fuego que arde de amor, que quema lo falso y alumbra lo verdadero. Un fuego que no hace daño, sino todo lo contrario, porque contagia e inunda de amor todo lo que toca. Hoy sin miedo, dejémonos encontrar por su amor y encender en nosotros su fuego vivo. Y si al enco...

Las escondidas al revés...

  El reto de este juego por el que hemos si bien recuerdas, consistía en ser creativos para escondernos en el lugar menos común, en el que no podrían encontrarnos. Y hoy luego de rezar, me vino a la mente este juego, porque me pregunte: ¿Si jugara este juego al revés, y fuera como una analogía de mi vida, cuál sería el lugar más común, al que primero irían a buscarme?  En otras palabras preguntarme: ¿Qué es lo más común y lo más característico en mí? ¿Qué es aquello que forma hasta parte de mi ser? Acciones, costumbres, gustos, hábitos que nos definen de alguna manera.   Aquello que es innegociable, aquello que no estamos dispuestos a renunciar. Aquello que si dejáramos de vivirlo, estaríamos como quitando lo que nos da vida y sentido… El Evangelio de este domingo describe experiencias y costumbres imprescindibles en Jesús. Que eran parte de su ser humano y divino. Cuenta que luego de estar en la Sinagoga, encontró a la suegra de Pedro muy enferma. Le tomó de la...

Los buenos gritos...

  En estos días pude encontrarme con personas que me dieron un testimonio sobre la fuerza del amor. Corazones que se vencían a sí mismos para ayudar y entregarse con todo su ser. Madres ancianas aceptando su fragilidad y dejándose ayudar para ver felices a los suyos, mujeres sacrificando sus espacios de descanso para sacar adelante a lo que aman, esposos dispuestos a tener un trabajo más difícil con el fin de tener a su familia contenta y estable. Actitudes que me conmovían, porque me mostraban que el amor puede estar por encima del orgullo, de los propios gustos o de todo aquello que les pueda dar seguridad y control sobre las cosas. Me acordé de estos testimonios cuando rezaba el Evangelio de este domingo, 2da semana de Adviento, en la que se habla del testimonio de Juan Bautista y lo describen como un profeta que vive y grita en el desierto: “Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.” Mc. 1,3 Me puse entonces a pensar cómo es l...

¿Dónde escribo mi nombre?

  Estaba en un auditorio con muchas bancas nuevas. Y me percaté que, en la parte posterior de algunas de ellas, había una pequeña placa con el apellido de una familia, significando que se les agradece por haberla donado. No sé si esa familia lo pidió o el instituto quiso ponerla. Lo que sí sé es que me quedó una sensación como incómoda que no supe categorizar. Y si bien no soy nadie para juzgar el hecho, sólo me vino la sensación que un gran gesto de generosidad de forma más anónima y discreta trae más paz. Porque estoy convencida que cuando ocurre eso hay un gozo hondo que se graba en el corazón, porque es como guardar un secreto de amor con nuestro amado Señor y tener la certeza que sólo lo hicimos por amor. Me vino este recuerdo, cuando estuve rezando el Evangelio de este domingo, que junto al llamado a los 72 por anunciar su reino y obrar grandes cosas en su nombre, termina con esa experiencia de alegría de los discípulos que regresan a contarle a Jesús que hasta los espíri...

Como en un palco...

  Sentirme como en un palco. Ese sitio especial desde el cual se puede ver mejor esa obra que admiramos. Ese  compartimento abalconado que dispone de un cierto grado de independencia en el acceso y de intimidad en la habitabilidad. Algo así, es como me experimento cuando tengo el privilegio de ver tan cerca y nítido esos encuentros maravillosos entre las personas que conozco y el mismo Dios. Cuando hoy meditaba sobre la persona de Juan Bautista, que se encontró con Jesús, tomé conciencia de mi propia misión. Y así como Juan era consciente que su misión le pedía NO estar en el lugar del encuentro, que le tocaba guardar distancia y disminuirse para que ni él ni nadie interrumpa el momento indescriptible en el que cada persona se encontraba con Jesús, yo también estoy llamada a hacer lo mismo. Y puedo confirmarlo si recuerdo mi propia experiencia. Esa vez que le conocí más de cerca y todas las veces que lo vivo nuevamente. Cuando esta experiencia indescriptible se da, n...