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Mostrando las entradas etiquetadas como fragilidad humana

Un palito de fósforo...

  Todos los días prendo mi cocina con un pequeño palito de fósforo, que al frotarse sobre una cajita enciende un fuego que permite calentar y cocer alimentos. Algo tan chiquito que origina cosas grandes. Un palito que podría provocar un incendio, que puede iluminar un cuarto oscuro o encender una fogata que abrigue y caliente en un duro invierno.   Creo que todos podríamos compararnos con este pequeño palito de fósforos: frágil y débil. Que, si se queda solo, puede quebrarse, mojarse o caerse dejando de arder y cumplir su misión. Pero que al unirse a ese objeto necesario, se convierte en calor y fuego. Hoy el Evangelio nos habla del fuego que trae Cristo, uno que al arder no trae la paz que busca el mundo. Un fuego que arde de amor, que quema lo falso y alumbra lo verdadero. Un fuego que no hace daño, sino todo lo contrario, porque contagia e inunda de amor todo lo que toca. Hoy sin miedo, dejémonos encontrar por su amor y encender en nosotros su fuego vivo. Y si al enco...

Se trata de confiar bien...

  Estaba en misa y noté que la fila de comunión no avanzaba. Entonces me di cuenta que había un hombre alto y ciego que no podía seguir caminando, desorientado, mientras la señora que lo acompañaba se había alejado. Estaba a punto de ayudarlo cuando ella regresó. Me conmovió su miedo y fragilidad, y esa necesidad inminente de depender de alguien para poder avanzar. Y de regreso a casa me vino al corazón la certeza que, si bien no somos personas tan limitadas físicamente, todos somos como este señor. Personas limitadas, frágiles y vulnerables que necesitamos de alguien para poder avanzar en la vida. Y pasadas unas horas le di gracias al Espíritu por hacerme comprender que esta es una clave importante para aproximarnos a la vida con una mirada sincera, humana e iluminada por la fe. Y es desde esta clave que les propongo entender mejor las palabras tan fuertes y muchas veces incomprensibles que nos muestra Jesús en el Evangelio de este domingo: las Bienaventuranzas. «Dichosos lo...

El proceso del helado...

    Quienes me conocen saben que me gusta hacer helado utilizando leche congelada. Este método permite que, al batirla, su volumen se duplique, resultando una textura cremosa y perfecta para mezclar con fruta y un toque de azúcar. No intento dar una receta de cocina, solo compartirles la analogía que se me vino a la mente cuando rezaba el Evangelio de este domingo. Perdonen si les parece un poco disparatado, pero así me pasa a veces: experiencias muy cotidianas me recuerdan alguna experiencia interior en la que Dios me habla. Más adelante les explicaré esta simple relación que espero les ayude. Este pasaje es una de mis citas favoritas: la pesca milagrosa, en la que Simón Pedro tuvo un encuentro con Jesús que marcó el resto de su vida. Pensemos en este pescador que era probablemente orgulloso, terco y rudo, el mismo que ha pasado una mala noche sin pescar nada. Algo con lo cual podemos identificarnos por habernos sentido así: experiencias de fracaso, desánimo, y frustración po...

Como esa viuda...

    Eran esas mujeres del Antiguo Testamento y la época de Jesús que estaban totalmente desprotegidas. No tenían un padre, un esposo o un hijo adulto que las sostuviera. Vivían mendigando o haciendo lo que se pueda. Creo que todos en algún momento de nuestra vida nos hemos experimentado frágiles con ella. Vulnerables económicamente, por la salud, por la soledad, por los problemas, por las incertidumbres ante el futuro o tantas cosas por las cuales es como si no supiéramos a dónde mirar, a quién buscar y cómo salir adelante. Momentos en los cuales no basta con tener a los de nuestro lado, pues incluso ellos también están esperando algo de nosotros. Sentirnos como esas viudas, buscando otro tipo de ayuda: algo fuera de lo humano y cotidiano. Buscar una fuerza y un ser superior que pueda solucionar o resolver la pobreza y fragilidad que parece que no va a acabar. Y en ese sentido, la historia del Evangelio nos muestra a una viuda que nos da una gran lección. Un corazón que ...

Descansar...

  Estamos a mediados de año, y en muchos espacios de la vida ya nos aflora el cansancio. ¡Qué humano y comprensible es el cansancio! Ese físico, fruto de tantas horas de actividad sin parar ni dormir bien. Cansancio mental, de tanto estudiar, investigar, producir o solucionar problemas y situaciones que nos puede dejar hasta confundidos. Ese cansancio emocional,  luego de situaciones personales, laborales o de otros contextos estresantes o intensos llevándonos a sentir ansiedad o desánimo. Cansancio por la inactividad, que paradójicamente nos lleva a una sensación de letargo y fatiga. Y esos cansancios más existenciales sentirnos rutinizados, sin sentido, frustrados, fracasados o “cansados” de caer siempre en lo mismo; una especie de estar cansados de nosotros mismos. Quise detenerme en este tema,  porque esta es una experiencia muy humana y muy concreta en la que de una u otra manera nos topamos con nuestra fragilidad y con la inminente necesidad de descansar, parar y sa...

El misterio de la fragilidad

  ¿Quién puede sentirse ajeno ante este misterio? La fragilidad humana es un tema que tal vez se vuelve tabú para unos, evidente para otros y cuestionante para muchos. Es una de esas verdades que nos lleva a grandes preguntas. Y es que nuestra debilidad está frente a nosotros o mejor dicho dentro. La vivimos y la sufrimos todos. Unos para un tipo de circunstancias y otros para otras. Pero ningún ser humano con un poco de sentido común podría decir que se basta a sí mismo, que puede solucionarlo todo o que carece de defectos y limitaciones.   La fragilidad es una condición humana que en realidad puede traernos grandes bendiciones siempre y cuando la aceptemos en nuestra vida. Bien decía el Papa Francisco: “En la vida, reconocerse pequeño es el punto de partida para llegar a ser grande. Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos; ahí abr...

Sobrepasados

  Han pasado 50 días de esta fiesta en la Iglesia que nos puede llenar de tanta esperanza. Tiempo para haber dado gracias a Dios por este amor, tan humilde, tan real, tan concreto, tan cercano, tan solidario, tan suyo…     Tiempo para creer que el dolor, la muerte y el pecado nunca tiene la última palabra. Tiempo para llenarnos de alegría porque hemos puesto nuestra confianza en un Dios tan personal que no deja de estar a nuestro lado, no deja de buscarnos y esperarnos para ser felices.     Pentecostés es una ocasión para reconocer que el AMOR que tiene el rostro de Cristo, tiene también una fuerza y una persona concreta a quien podemos dejar que entre a lo más hondo de nuestro espíritu. Es una fiesta para reconocer que hemos nacido para que todo pueda ser vivido, comprendido y gozado desde la categoría del AMOR… Algo que no es sólo teoría, sino que se hace concreto en lo cotidiano del día a día.     Amor que se percibe en toda ocasión y circ...