Qué misterio es el poder dejar que la Palabra de Dios repose y se quede donde lo necesitamos. Hoy rezando en el Evangelio de este domingo, me quedé simplemente en la primera frase: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” Lc 12,49 Y me resonó mucho en el corazón, porque me evocó esa fuerza tan honda que deja el Señor cuando actúa en mi vida y que se simboliza tan bien con el de un fuego que arde y no deja de consumirse. Por eso te comparto lo que me evoca el fuego de Dios en mi vida y seguro que en la tuya también. El fuego es aquel que se enciende sobre un material dispuesto y sin obstáculos. Que no esté mojado por el agua que ahoga. Y con un ambiente propicio, con el oxígeno necesario y sin un viento que le aturda y apague. El fuego es el que acrisola el oro, Ilumina la oscuridad, da calor al corazón frío, congrega a todos los que lo buscan, quema y deshace lo que sobra. Es este calor que invita a quitars...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...