Imagínate una fuente;
una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo
que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar
agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde
la que nace aquello que da.
Esto,
que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos
plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no
ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar
los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño?
Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad,
preferimos sacar y dar otras cosas…
Al
leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del
amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante
el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho
hombre. Hemos recibido la fuerza del Espíritu Santo, que es el amor mismo, y
fuimos creados por un Padre que nos pensó para una vida eterna y plena. Por
ello, tenemos todo lo necesario para la felicidad; sin embargo, a lo largo de
la vida, parece que nuestra fuente se queda atorada o dañada y, en lugar de
proyectar amor, proyectamos actitudes totalmente diferentes.
Y
entonces viene Jesús con un Evangelio que suena exigente, radical y difícil de
vivir. Viene con palabras que nos piden no dar poco, no dar mediocridades, no
"marcar tarjeta" en la vida cristiana. Viene con palabras que
sencillamente nos invitan a amar con toda el alma; a amar como si esta fuente
estuviera a su potencia máxima, desprendiendo el agua de la vida con toda su
fuerza y dinamismo.
Viene
Jesús a invitarnos a darlo todo. A amar de tal manera que no haya espacio para
aguas turbias, líquidos pesados, ni corrientes ácidas y amargas. Viene para
enseñarnos que el amor no se vive a medias; se vive de forma completa,
coherente y radical.
Es
ahí cuando todo cobra sentido: entender que uno no solo mata físicamente, sino
también con palabras que dañan; que ir al altar de Dios exige un corazón
reconciliado con los hermanos; que ser fiel a los demás es una tarea de la
mente y el corazón, no solo de obras. El amor a Dios, a los demás y a nosotros
mismos no se mide con moralismos, acciones mediocres o cumplimientos mínimos.
Jesús nos recuerda que uno no ama "pasando con 11". Nos dice que la
vida se vive desde el fondo del corazón y con la pasión del alma.
¡Levantemos la mirada y nuestro horizonte! No nos contentemos con lo mínimo. Busquemos amar con todo y en todo. Vivir sin revisar reglamentos y normas, porque el amor va mucho más allá de la letra.
El amor de Cristo es aquel que no necesita recordar
leyes, porque su única regla es el amor sin medida y sin límites. El amor de Cristo es el que nos lleva a exponer el corazón, a mirar de frente la vida y a jugársela todo para entregarnos con todo en la vida. El amor de Cristo nos sacude del temor, porque el amor verdadero no tiene miedo darlo todo.
Y
así, lo que parece exigente y difícil se transforma en sencillo y concreto.
Entonces, el amor y la verdadera felicidad se encuentran al amar con toda el
alma todo lo que nos rodea. Y entonces la frase tan cierta, actual y profunda
que dijo San Agustín hace varios siglos cobra sentido: "Ama y haz lo que quieras".
Y
entonces, cuando no ponemos límites ni mínimos, todo en la vida es importante,
todo nos ayuda, todo es ocasión de dar gracias. Entonces el amor a la vida y a
los demás es más nítido y necesario.
Abramos el corazón de
par en par para vivir con pasión y para amar con toda el alma…
Que
esta semana busquemos vivir un amor así: libre de textos, de formalismos, de
moralismos y de escrúpulos. Decidámonos a amar sin miedo desde lo más profundo
que habita en nuestro espíritu y con toda la fuerza que habite en el corazón.
Y con la fuerza y
gozo que Dios nos da, decidámonos a amar desde la raíz y desde el fondo de la
fuente…
Mateo 5, 17-37
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Te dejo un bello poema
de Santa Teresa de Ávila:
No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me
tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de
ofenderte.
Tú
me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme
ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme,
en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y
aunque no hubiera infierno, te temiera.
No
me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero no esperara, lo
mismo que te quiero te quisiera.

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