Cuando
miramos una moneda, se nos viene a la mente esa frase de “las 2 caras de una
misma moneda”, dando a entender que todo tiene el mismo peso. Pero hoy al ver
una, me quedé pensando que en un sentido hay un lado más útil y significativo
que el otro: en un lado se muestra el sello o el escudo, pero en la otra es
donde se indica el valor que tiene.
Me
vino esta imagen cuando rezaba en el hermoso pasaje de este domingo en el que
se nos narra la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor. Un momento en el
que sus amigos fueron testigos de algo que marcó sus vidas por adelantado.
Ojalá
esta figura muy sencilla que uso pueda ayudarnos un poco a comprender el
misterio de este pasaje y el de nuestra humanidad.
Lo
primero que podemos considerar es que los apóstoles siguieron a Jesús por 3
años, en los cuales contemplaron milagros y cosas maravillosas, pero también rechazos
y peligros. Pero era tan importante que bastaba estar con Él a pesar de no
tener posada cómoda en los viajes, a pesar de ser humillados, para saberse
felices y amado con tantos regalos de su divinidad y grandeza. Queda claro un
primer aprendizaje de este pasaje: le siguieron, fueron detrás de Él sin poner
condiciones al destino o al camino. Pero se trata de seguirle, porque estar con
Él es lo más importante. Y en este pasaje llegaron al Tabor.
Sin
saber hacia dónde se dirigían, son conducidos a una montaña donde Jesús se puso
a orar. Y al hacerlo, fueron testigos de un misterio imposible de describir
porque sobrepasaba su humanidad. Vieron a Jesús transfigurado, le vieron de
forma divina, con una luz que brotaba de Él. Vieron un adelanto de la
eternidad. Y le vieron con dos personas del Antiguo Testamento: Moisés y Elías.
Y como si fuera poco, contemplaron luego la voz del Padre que les dijo: «Este
es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». Sí, porque le siguieron
vislumbraron un adelanto del cielo frente a ellos.
Otro
detalle que cuenta la escritura es que los apóstoles estaban con sueño (algo
que en la Biblia refleja desánimo, rutinización y la falta de asombro ante las
grandezas de Dios). Pero al contemplarlo transfigurado sencillamente el sueño se
“espabiló”. El encuentro con su gloria, con lo eterno, despertó el espíritu en
sus vidas al punto que Pedro llegó a decir: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos
aquí! Haremos tres tiendas…”. Frase con la que podemos identificarnos con
esos momentos bendecidamente felices e indescriptibles: momentos de Tabor que
no queremos que se acaben, esos inolvidables que marcan la vida. Esos regalos
eternos que vienen de Dios y nos renuevan la esperanza.
Pero
es el mismo Jesús quien nos da una clave importante para abordar este momento. Porque
transfigurado y feliz, se encontró con Moisés y Elías para hablar de su muerte
y pasión. ¿Por qué en un momento de luz y gozo habla de su muerte? Y entonces,
dan ganas de pensar que, si el mismo Jesús vivió así su felicidad, esto no vale
la pena. Tentación de pensar que el seguir a Jesús es para ilusionarnos con el
cielo y la plenitud, pero tener luego un final trágico… Qué fácil puede surgir
la idea de “mejor no ilusionarnos con la eternidad y la felicidad porque
acabará con la muerte y la cruz”, “no te ilusiones con los momentos felices porque
se van…”.
Y
es entonces cuando esta figura demasiado simple de la moneda, puede graficarnos
un poco cómo comprender un poquito este misterio:
La
plenitud de la vida, los momentos de Tabor aquí, el cielo y el gozo eterno para
los que hemos nacido y que Cristo nos revela es esta cara de la moneda que muestra
el valor y es la cara más importante. Pero el dolor, la cruz y las pruebas son
parte de la vida y las pruebas de amor. Dolor que tiene un sentido si
entendemos que acrisola el oro de nuestra vida. No es masoquismo, el
sufrimiento es una realidad de la vida, y que con Dios puede ser transformado
en amor y entrega. Pero esta cara de la cruz no es la meta, el fin es la
eternidad del amor, es la vida transfigurada por Cristo.
Y
entonces, le decía al Señor que:
Ante
todo, quiero seguirlo, sea al Tabor, sea al Gólgota. Que a su lado habrá
momentos de dolor y momentos de gozo y gloria. Pero que ya es un Tabor poder
estar siempre junto a Él.
Que
a su lado hasta el momento más difícil se puede transformar en un momento de
eternidad y paz porque estoy con Él y en sus brazos para transportarnos a la
eternidad. Una eternidad que implica estar más allá del tiempo: más allá del
presente, el futuro o el pasado. Una eternidad que trasciende todo y que sea la
temperatura, el suelo o el sonido que se escuche, será siempre de sabor dulce y
sano porque es con Él, y con el valor de la plenitud eterna para la que hemos
nacido…
Pero
hay un dato final muy importante a tomar en cuenta: Los apóstoles y Jesús
bajaron del monte y no se quedaron en las 3 tiendas. Los apóstoles y Jesús al
igual que nosotros, luego del Tabor, luego de vernos iluminados por Dios,
necesitamos descender a la vida diaria, a lo de todos los días, al tráfico, los
apuros, el trabajo y los encuentros buenos y no tan buenos. Necesitamos vivir
el día a día para que los nuestros puedan recibir y contagiarse del privilegio
de luz y amor que hemos recibido. Porque amar y servir es también un Tabor…
Tú y yo hemos de experimentar
momentos de Tabor y del amor de Dios. Y necesitaremos descender del monte para
compartirlos con aquellos que tanto lo necesitan, animándolos a seguir a Jesús
y disfrutar del privilegio de su presencia, su gracia y su eternidad. No
abandonemos esta misión que nos llena de vida y nos impulsa a seguir subiendo y
descendiendo con Él cada día, hasta la eternidad.
San Lucas 9, 28b-36
Les
comparto una oración que hizo un sacerdote Jesuita en una aplicación de oración
que se las recomiendo mucho: REZANDO VOY. Espero que les ilumine.
____
Nos gusta volver al
Tabor.
Allí, por un instante
te descalzas,
bajas la guardia,
alzas la copa y brindas
por el amor, la amistad,
el Dios evidente
Allí te gusta quién eres,
la música acuna,
el espejo te devuelve
una alegría serena
y estás en casa.
¿Por qué abandonar
este oasis?
¿Por qué renunciar
al afecto seguro,
para regresar
a la tierra inhóspita,
a la gente difícil,
a las preguntas abiertas,
a las rutas inciertas?
¿Quién querría volver
a parajes de sombra,
donde aumentan las cargas
y el amor es esquivo?
Tú callas.
Te alejas de la seducción
de este Tabor envolvente
mientras te adentras
en los días complejos,
las vidas heridas,
la voz de los pobres,
la sed de justicia,
la fe batallada.
Ya a lo lejos, me miras,
y pides que escoja
la celda de oro
o seguir tus pasos.
(José María R. Olaizola, SJ)
Gracias! Por compartir esta reflexión me ayudará a disponer mi mente y el corazón para acoger mejor el evangelio de hoy.
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