Imaginemos
que todos tenemos un cofre, el de la memoria. En él guardamos los tesoros
importantes, los momentos felices e inolvidables. Si tenemos un buen hábito de
conservar y retener todos esos momentos, podremos tener espacios de serenidad y
buena soledad para recordar y retomar aquellas experiencias que son como una
especie de gasolina para seguir luchando y esforzándonos por lo que más anhelamos
y por quienes más amamos.
Pero
creo que este cofre de la memoria tiene otra característica fundamental: vendrán
días difíciles y oscuros en los que no tendremos ni fuerzas ni tiempo, esos en
los que parece que una nube oscura se posa sobre lo que estamos haciendo y en
los que el reloj avanza lento y con manijas oxidadas de angustia y
preocupación. Y entonces, en esos días podemos sacar este cofre de tesoros para
recordar esos que son más inolvidables e importantes. Y entonces sentiremos una
brisa suave y un poco de paz que nos ayudará a tener como un ecualizador en el
corazón para distinguir lo verdaderamente importante.
Creo
que se trata muchas veces de eso: acostumbrarnos a ver el cofre de nuestros tesoros
para ver los momentos dolorosos con más objetividad, bajando los decibeles del
drama o comprendiendo que esos tesoros valen ese precio…
Al
rezar este domingo sobre el pasaje de la Transfiguración, me vino esta figura,
porque Jesús que nos ama tanto, quiso regalar a sus grandes amigos Pedro, Santiago
y Juan este cofre. Ellos fueron los mismos que días antes escucharon al Señor que sufriría mucho, moriría y resucitaría. Algo que ellos no pudieron
comprender.
Y
entonces, ante ese miedo del anuncio de su muerte, fueron llevados por Él al
monte Tabor:
“Se
transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz”.
Es
como haberles mostrado el anticipo de su gloria, el haberse revelado como Dios.
Es haberles regalado una experiencia tan fuerte que sobrepasaba sus fuerzas,
porque contemplaron la misma gloria de la Trinidad. Una experiencia tan gloriosa, misteriosa y divina, que
cayeron postrados:
“Pedro, entonces,
tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si
quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía
estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz
desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.
Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto”.
Una experiencia que
quedaría marcada en el alma, aquella que al verlo muerto en la Cruz pudo darles
seguramente un poco de alivio. Una experiencia que al verlo resucitado los
llevaría a afirmar que: toda
resurrección pasa por la cruz y que toda cruz termina en la resurrección.
Cada uno de nosotros
tenemos un cofre de tesoros, con experiencias de logros, de encuentros y
momentos inolvidables con los nuestros, con experiencias de amor en la
humanidad y aquellos inolvidables con Dios que nos mostró su amor y presencia.
Jesús se ha mostrado transfigurado en nuestra vida de diversos modos más de una
vez.
Hagamos pues el
ejercicio de construir un cofre sagrado en el corazón para recordar y evocar
todas las transfiguraciones que Jesús ha tenido con cada uno de nosotros, esas
que solo “Él y yo” sabemos comprender.
Que esta semana evoquemos
todos los “Monte Tabor” de nuestra vida, armemos un cofre en el alma y sepamos
ver la historia resucitada con esas huellas de cruces que marcaron y moldearon
el alma, como aquellas cruces que vivimos en las que Cristo Resucitado viene a
cargarnos, renovarnos y hacer nuevas todas las cosas…
Mateo 17, 1-9


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