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Estás allí

 


La historia de este domingo de cuaresma, está llena de significado y de situaciones con las que podemos identificarnos en nuestra vida interior. Es la historia del encuentro con un hombre ciego y la de un milagro. Uno que no fue volver a ver, sino empezar a ver por primera vez. 

No es una historia de un encuentro escondido entre ellos dos, sino que particularmente muestra personas que se asombran y otras que cuestionan lo que hizo Jesús.

Una historia que me evocó al rezar lo que ocurre en nuestro camino de fe y de amistad con Cristo.

Era un ciego de nacimiento acostumbrado a conocer la vida desde lo que le describían, asumir que habría colores y tamaños subjetivos de acuerdo a la percepción de los otros. Era un ciego que dependía de sus padres y de los demás y que se sentía tristemente condenado a vivir así el resto de su vida sin poder ver la luz. Un ciego de nacimiento como lo somos nosotros con tantas cegueras, tantas cosas que nunca hemos visto. Ciegos de ignorancia, de sabiduría o por haber crecido con esquemas tergiversados y equivocados en muchos aspectos de la vida.

Y es Jesús quien lo ve, quien se acerca y decide curarlo. El joven escuchaba, pero no pudo reconocerlo al llegar. Experiencia tan cierta en nuestra vida interior, en la que, sin saber, Él llega a nuestra vida y actúa de tantas maneras en las que no vemos y no tenemos idea que ya está obrando maravillas y protegiéndonos de tantas cosas.

Toma barro y saliva para hacer un ungüento. Barro que nos remite al haber sido creados así, y saliva que para la Biblia significa la obra divina. Y entonces, con su ser humano y divino cura, sana y hace como una nueva creación en él porque nació a la luz, porque nació a una vida vista con sus propios ojos. Ungüento que también recibimos en los sacramentos y en tantos gestos humanos que nos llevan a ser curados con el amor de Dios.

Pero Jesús no lo sana inmediatamente, sino que le pide que vaya a bañarse a la piscina de Siloé. Es decir, le pide que ponga de su parte. Le pide que se dirija allá (seguramente con la ayuda de otros) para acoger la sanación. ¿Y no es así también que Jesús obra en nosotros respetando nuestra libertad? Jesús espera que acojamos ese perdón, que usemos los talentos y medios que nos da, que nos pide cambiar de actitud y levantarnos cuando con su fuerza podemos salir adelante. Nos cura, pero espera que acojamos esta salvación.

El joven lo hizo, y empezó a ver. Y no terminaremos de comprender la experiencia de un hombre que nunca vio, y que empieza a identificar voces con rostros, sonidos con objetos, sentidos con realidades… Un milagro y una curación que abrió los ojos físicos como los ojos del corazón.

Y ante estas experiencias en la vida interior pueden venir personas o situaciones adversas que como una ola de desconfianza y cierta amargura pudiese querer descalificar algo tan maravilloso que obra. Eso le pasó a este joven. Pero creo que aquí está el reto de preguntarnos sinceramente si a veces somos nosotros mismos los que desconfiamos de los milagros que Dios obra. Preguntarnos si vienen escrúpulos o dudas inmaduras que hacen descalificar tantas bendiciones. Preguntarnos si vemos cambios y conversiones en la vida y nos quedamos en el pasado y en lo que falta por cambiar. Ser como esas personas que ven el vaso lleno y solo se quedan observando lo que falta.

Cuentan que el ciego tuvo tal rechazo que fue echado fuera e incluso algunos no le reconocían. Y hemos de reconocer que, en nuestro camino de fe, el recuperar la vista, el convertirnos e iniciar una vida cristiana implicará muchas veces la incomprensión, el rechazo de otros que incluso pueden ser cercanos. Recuperar la vista redirecciona muchas cosas, nos lleva a ordenar muchas cosas en la vida, nos lleva a tomar decisiones y renovar otras.

Pero lo que me ha conmovido y renovado más al rezar este encuentro es lo que hace Jesús luego. Porque nuevamente le busca. La primera vez fue para curar su ceguera física. Esta segunda vez para terminar de obrar el milagro y curar su ceguera espiritual.

Hasta ese momento este hombre ya no ciego, solo podía decir que fue Jesús quien le curó ganándose incluso problemas y rechazos. Pudo decir que era un profeta y un hombre de Dios.

Pero Jesús le lleva a algo más hondo para que acoja la verdadera salvación en este hermoso diálogo:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó: «¿Y quién es, Señor, ¿para que crea en él?».

Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo: «Creo, Señor».

Y se postró ante él.  Juan 9, 35-38

Le pregunta si creía en el Mesías y Salvador del Mundo que todos esperaban. Y este hombre con sinceridad, buscando comprender le pregunta quién es. Jesús entonces se auto revela y le dice que es al que está viendo con sus nuevos ojos, con su nueva vida, con su nuevo rumbo, con el nuevo futuro que le espera.

Entonces este nuevo hombre solo le queda decir que sí para luego postrarse ante Él.

Ocurre entonces el mayor milagro, porque ya no mira las maravillas que le rodean y a las personas que ama. Es capaz de mirar el espíritu, es capaz de mirar a Dios y recupera la primera de todas las vistas.

Y entonces, me quedó resonando esta presencia de Cristo, porque viene cuando no podemos ver, viene cuando no entendemos nada, viene cuando estamos enfermos y equivocados. Y viene también en momentos más hondos para decirnos que nos salva de todo y que Él está en frente de nosotros. Nos aclara que Él está y estuvo siempre.

Que tengamos la apertura de ver su obra en nuestra vida y tengamos siempre la confianza de pedirle que cure nuestros ojos, que nos haga menos ciegos cada día para ver todas las maravillas que nos ha dado en la vida.

Jn. 9, 1-40




Espero que esta pequeña oración que escribí les ayude.

Cegueras de tantos tipos y formas

las que frustran y angustian

las que ignoramos

las que callamos para no herir.

Cegueras que se hicieron por heridas,

cegueras con las que nacimos y aún no podemos ver.

 

Yo invidente y limitada para ver,

pero Tú siempre con esa mirada divina

que atraviesa, que llega a lo más hondo

sabiendo lo que vivo, lo que siento, lo que sufro.

Mirada que sabe mi pasado y mi futuro

mirada que goza y camina en mi presente.

Mirada de amor que trasciende mi pecado y mis heridas

porque sabes comprender y amar mi verdadero valor.

 

Y entonces estas allí siempre,

acompañándome y guiándome.

Estás como un Lazarillo que me cuenta y describe las cosas

como un amigo que me anima y recuerda quien soy

como este esposo que me dice tantas veces que me ama y que vale luchar por este proyecto de amor que hemos construido.

 

Estás hablándome al oído para contarme cómo es el mundo,

Y me hablas preparándome para ese gran día

en el que me des el regalo de ver el cielo

y ver el tesoro de comprender cada corazón y cada alma.

 

Estás allí, esté ciega o no.

estás buscándome

y estás para abrirme más los ojos cada día.

Para ponerme colirio en los ojos para ver mejor

Estás abriendo mi vista cada día con más madurez y amor

Estás abriendo mi vista mostrándome carteles de peligro y avisos importantes.

Estás abriendo mi vista para amar más y mejor.

 

Estás abriendo mi vista cada día

para que el día que nos encontremos en el cielo prometido

sea todo más familiar,

sea todo más nuestro

sea todo eternamente feliz.

Amén


Les comparto esta canción con el link porque no me deja colgarla al blog: 

https://www.youtube.com/watch?v=P1PozkCHJE8&list=RDP1PozkCHJE8&start_radio=1




Comentarios

  1. Gracias Maga, tu reflexión nos lleva a agradecer a Jesus por ayudarnos a ver con su propia mirada 💕

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  2. Como siempre, nos has envíado una bellísima reflexión querida Magali, la que nos has compartido esta semana, me gustó muchísimo.
    Gracias querida Magali.
    Dios te bendiga, te guarde y siga iluminando siempre.
    Elvira Orellana.

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  3. Estoy ciega, mi Señor! te necesito, envíame tu luz sanadora....
    Me conmueve tu Oración Magalí,...en ti confío mi Padze

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  4. Estoy ciega, mi Señor! Envíame tu luz sanadora.
    Qué sentida oración.
    Magalí, bendiciones

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