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4 días

 


Dios me ha regalado en este tiempo la oportunidad de ahondar en el misterio de la muerte y del duelo. Una experiencia tan humana, tan honda y difícil de describir porque es muy particular y única para cada uno de nosotros. Todos hemos pasado por alguna pérdida que puede ser de muchos modos. Hoy me refiero a la de haber pasado por el tránsito de una persona querida que fue parte de nosotros. Duelo en el que se siente como ese desgarro del alma y de la vida, como experimentar que, en ese entierro, se ha enterrado la mitad del corazón.

Y hoy en este Evangelio tan hermoso y lleno de esperanza, se nos cuenta el milagro que hace Jesús con su amigo, Lázaro. Un amigo entrañable por quien cuenta en más de un versículo del Evangelio que lloró por su muerte.

Junto a Jesús hoy podremos vislumbrar y acoger la esperanza de algo que va más allá del duelo, la certeza de que Él estará siempre acompañándonos y llorando con nosotros.

Puse de título el número 4. Y lo puse porque me ha resonado en el corazón que Jesús nos diera el mensaje de decirnos “te doy más de lo que esperas”.

4 días de lágrimas ya secas. En los que ya el dolor va como empezando a anestesiarse.  Ya es menos cerca al día de la muerte, el de dar las noticias y el inicio tan duro del velorio y de esos saludos difíciles de recibir.

4 en los que Jesús pudo tener tiempo de sobra para ya haber venido para curarlo o resucitarlo inmediatamente como lo hizo antes. Estaba como tarde.

4 días en los cuales Lázaro ya estaba muerto y ya en descomposición física.

4 días que es más que los 3 días en los Jesús el mismo Jesús resucitó.

Me viene al corazón entonces la experiencia de decirnos “cuando sientas todo perdido, acabado, determinado e irreversiblemente imposible, llego yo y puedo salvarte, resucitar y traer a la vida lo que ya estaba oficialmente perdido para ti”.

Es como si dijera “para mí no hay límites, y mi poder puede hacer absolutamente todo lo que sea necesario para recobrar tu alegría y hacerla más plena aún”.

Lázaro puede ser esas experiencias tan fuertes o esas caídas y errores que nos tienen encerrados en una tumba. Esos pecados y esclavitudes que ya están destruyendo y descomponiendo nuestra alma por estar muertos en el espíritu. Y Jesús es capaz de llegar para que esos Lázaros de nuestra vida puedan ser RESUCITADOS y traídos a la vida cuando escuchamos el eco y grito de Cristo que nos dice con su poder y fuerza “Sal fuera”.

Lázaro podemos ser nosotros, en el cuarto día de habernos acostumbrado a esos errores y caídas de las cuales asumimos que ya no podemos salir.

Y habrá esas Martas y Marías que obrando y rezando por nosotros buscan sanarnos y piden ayuda a Dios para que podamos salir del sepulcro de la infelicidad y frustración.

Tal vez tú yo en este momento somos también Martas y Marías, que estamos buscando sacar del sepulcro a ese ser que amamos tanto y no sabemos cómo ayudarle más. Y entonces podemos llamarlo y pedir insistentemente por esa persona.

Lo cierto es que Tú y yo tenemos siempre a Jesús, Aquel que llora y vive a nuestro lado. Cristo que llega siempre y que, aunque parezca que se demora 4 días, hace y hará siempre maravillas y obras con su poder divino.

Confiemos en Él, lloremos con Él y sepamos que llega siempre a salvarnos y salvar a los nuestros.

No hay nada y ni nadie que sea más fuerte que su amor, que su poder y gracia para darnos la vida plena y la garantía que su vida es siempre más fuerte que todo tipo de muerte.

Me quedo con ese símbolo que me regaló hoy:

“Vine al 4to, para recordarte que siempre haré obras más grandes donde parece que todo está ya perdido”

San Juan 11,1-45.




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