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El eco del desierto

 



Imaginémonos estar en un desierto por más de un día, así como lo estuvo el Señor Jesús. Una experiencia difícil y exigente por el calor, el polvo, la sed y otros factores.

Hoy me quedé meditando en una de estas realidades que se viven allí: la soledad. En un desierto no se escuchan sonidos, bullas ni músicas. Estamos sin estímulos físicos y sociales que nos distraigan.

Traslademos ahora esta experiencia a la de un desierto interior que implica muchas vivencias. Un desierto en el que no haya personas o distracciones. Sin urgencias por hacer ni ayudas externas que nos hagan más fáciles las cosas.

Estar en un desierto interior es como estar cara a cara con nosotros mismos, con la imperiosa necesidad de tener un único eco que suena y resuena en nuestro corazón: el de nuestra verdad y nuestra presencia.

Un desierto en el que no podemos ocultarnos con distracciones, evasiones o facilismos; donde ya no podemos echar la culpa a otras personas por nuestra realidad. Tal vez por eso, la mayoría de nosotros podríamos evitar y huir de la soledad del desierto.

Sin embargo, yo te animo a tener la valentía de ir un poco más allá y atreverte a escuchar el eco del desierto. Se sabe que físicamente, por la sequedad que se vive, no hay sonidos que escuchar. Solo se dice que hay una melodía particular:

“…se conoce como dunas cantoras, rugientes o silbantes. Este fenómeno ocurre cuando el movimiento de la arena seca provoca una resonancia, emitiendo un zumbido grave, un silbido agudo o un rugido potente, similar al despegue de un avión o un violonchelo…”.

Y entonces, podríamos hacer una analogía con nuestra alma, en la cual la arena seca del espíritu también resuena y da señales. Algo así como tener muchas experiencias interiores de sequedad, fragilidad, necesidad, vulnerabilidad y vicios que suenan y resuenan. Pero éstas se unen con la melodía de nuestro espíritu que también tiene sueños, anhelos de amar y de ser felices.

Y digamos entonces que, cuando nos atrevemos a estar en el desierto de nuestra soledad, lo auténtico de nosotros sale y se muestra. Los defectos y fragilidades se evidencian, pero también nuestras grandezas y verdaderos anhelos de amar se despiertan y avivan más.

Es como si en ese desierto las cosas que tenemos dentro van ocupando su verdadero lugar, peso e importancia. Tomamos conciencia y nos duele ver el daño que nos podemos hacer a nosotros mismos y a los demás al tomar malas decisiones. Pero también vemos con claridad nuestro sincero deseo de cambiar, de amar, de ser mejores personas. Viene esa experiencia de reconocer que no podemos hacerlo solos, esa necesidad de Dios para que venga en nuestra ayuda, esa certeza que no podemos bastarnos a nosotros mismos para poder cambiar y salir adelante.

Y toca aceptar también esa importante realidad que san Pablo describe tan bien: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm 7,19).

Toda una melodía en el desierto del corazón, con notas de música graves y otras dulces y agudas. Toda una melodía en el desierto del corazón que es el primer paso para llegar al oasis y a la lluvia de la gracia de Dios.

Y es por ello que la Iglesia es muy sabia al poner en este primer domingo de Cuaresma el pasaje de Jesús en el que nos enseña cómo entrar al desierto de nuestra alma y cómo vencer las tentaciones de la vida con su gracia y su vida.

Les animo a eso: a ser valientes para entrar a nuestro desierto. Porque además no podemos olvidar que Él llegó primero y está esperándonos sentado hace más de 40 días para que descubramos juntos cómo estamos, por qué estamos así, qué queremos, qué necesitamos y cómo podemos ser más felices cada día.

Te animo a escuchar el eco de tu desierto, la melodía de tu alma que hace una sinfonía hermosísima en la que se unen nuestros anhelos más profundos, nuestras necesidades más escondidas y esas melodías dulces, fuertes y cálidas de Cristo, que nos salva, que se hace solidario con todas nuestras heridas y se compromete con todos nuestros sueños.

Mateo 4, 1-11








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