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Nacidos para la luz

 




Quienes me conocen, saben que disfruto todo lo que hago. Disfruto de las personas, de las misiones que Dios me encomienda, que amo mi vida consagrada y me apasiona ser profesora. Me encanta tanto la soledad como estar rodeada de gente y amigos. Amo estar a solas con Dios rezando y experimentando su amor en mi vida. ¡Me encanta todo! Entonces con sencillez y alegría les puedo confesar que tengo el regalo de ser una mujer feliz. He pasado por muchas cruces y retos, sufro con los demás y enfrentado pruebas de todo tipo; pero, a pesar de ello, me siento una mujer realizada, sabiendo que cada día podré serlo más y más. Todo en la vida me encanta, porque estoy convencida que todo tiene el encanto de su amor y la huella de la eternidad….

Les comparto esto porque estoy convencida de que todos hemos nacido para ser felices. Cada uno de nosotros posee dones, gustos, cualidades, colores y motivaciones únicas que nos permiten ser felices de una forma irrepetible. Dios sueña con nuestra plenitud aquí en este mundo. Y tomar conciencia de ello puede cambiar muchas miradas grises por una llena de luz.

Hoy, al rezar las lecturas del domingo, resonó en mí lo que decía el profeta Isaías y recordaba Jesús:

“El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Mt. 4,16).

Creo que a veces podemos sentirnos como ese pueblo: caminando sin rumbo, cansados, sumergidos en la rutina o pensando que la vida es solo un “valle de lágrimas” donde solo hay esfuerzo y sufrimiento.

Pero, ¿no será que a veces caminamos en la oscuridad simplemente porque no sabemos abrir los ojos del alma? Muchas veces la respuesta y el amor que esperamos están a nuestro lado, y la luz que disipa toda sombra ya habita dentro de nosotros. Muchas veces no vemos la luz porque hemos elegido tener los ojos vendados.

Por ello para ver la respuesta y la luz, me encanta que en este mismo pasaje del Evangelio esta profecía de la luz en las tinieblas se concrete con 4 encuentros. Jesús luego de invitarnos a la conversión (a abrir los ojos), llama a Simón, Andrés, Juan y Santiago. Un llamado personal que nos enseña que la Luz que puede disipar nuestras tinieblas no es algo abstracto o sentimental; la Luz tiene un rostro, una mirada y una presencia real que es Jesucristo.

Los buscó en la orilla, fue a su encuentro. Así es de maravilloso el futuro de nuestra felicidad si permitimos que Cristo nos busque, nos hable y nos llame. Pues así como llamó a ellos 4 a ser no solo pescadores, sino pescadores de hombres; es decir algo más grande que pescadores, hay un nuevo llamado, una nueva invitación a ser y vivir algo más maravilloso que se actualiza y se hace más grande en nuestra historia.

Hoy estamos en la orilla con talentos, capacidades y experiencias de vida ya ganadas. Y entonces, estemos atentos porque Jesús llegará y vendrá una y varias veces a buscarnos para invitarnos a disfrutar una vida cada vez más llena de amor y esperanza para dar y entregar lo vivido y logrado. Pescadores de hombres, maestros de familias, doctores de almas, arquitectos de familias, artistas de espíritus; u otras maravillas que solo a Jesús se le pueda ocurrir.

Jesús nos busca en la orilla de nuestra vida cotidiana, llega hasta el puerto de nuestra casa y nos mira con el amor más tierno, con la voz más dulce y serena, con el abrazo más cálido y protector, con las manos extendidas más fraternales y amorosas invitándonos a ser felices allí donde vivimos.

¿Y ser felices cómo? No haciendo y viviendo algo diferente. Ser felices desde quienes somos. Ser felices usando y realizando todo lo que nos gusta hacer y vivir. Ser felices con nuestros talentos, nuestros intereses, nuestras motivaciones, nuestros sueños, nuestras grandes creatividades, con nuestras verdaderos intereses y preocupaciones, con esas iniciativas que queremos llevar a la acción.

Hoy los animo a atrevernos a esperarle siempre en la orilla con un corazón abierto y confiado, porque Él estará siempre buscándonos y ofreciéndonos experiencias que nos harán cada vez más felices. Y así, toda tiniebla, toda oscuridad y rutina se llenará de luz; de la Luz del amor de Cristo, alumbrando nuestra vida, nuestra casa, nuestra familia, nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestras preocupaciones y nuestros anhelos más profundos y escondidos.

Demos gracias a Dios por amarnos y conocernos tanto, y por buscar siempre nuestra felicidad.

Demos gracias a Cristo por invitarnos a ser cada vez más felices, más realizados y más entusiasmados por entregarlo todo de forma apasionada y plena; por permitirnos ser felices en esta tierra y, más aún, en el cielo prometido.

No esperemos menos, no pidamos menos. Pidamos y esperemos la felicidad plena que Dios ha preparado para cada uno de nosotros.

Abramos los ojos del alma y preguntémosle:

¿Jesús, a qué me invitas y qué me ofreces para ser feliz en este tiempo?

 Mateo 4, 12-23




Comentarios

  1. Jesús una "Luz" que está dentro de nosotros desde que nacemos, está ahí, atento para alentarnos, nos acompaña en nuestro caminar. Bonita reflexión.
    Gracias Magali.

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