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Inocente pero no ingenuo

 



Son dos palabras que podrían parecer sinónimas y no lo son.

La persona ingenua no comprende del todo lo que ocurre en la realidad. Podría también ser inocente, pero sin saberlo. No tiene suficiente experiencia de vida para identificar la maldad, los defectos o las heridas que pueden ocasionar los demás. Un ejemplo son los niños, quienes no sufren ni se decepcionan de las personas porque no identifican el lado negativo o el pecado de otros. Todos hemos sido niños y ocurrió que, con los años empezamos a descubrir que no todo es “color de rosa”.

La inocencia, en cambio, implica no haber ocasionado daño; implica no ser responsable del problema o dolor que hay. Y se agrega a ello que la inocencia se identifica para cada situación, de caso en caso, pues podríamos ser culpables de una realidad y ser inocentes de otra.

La ingenuidad es una condición, una forma de ver la realidad con cierta limitación de conciencia, de recursos, de edad o de decisión. Creo, además, que incluso hay personas ingenuas porque cierran los ojos para no sufrir o porque han vivido en un contexto particular o en una especie de burbuja.

Pero creo en este mundo que solo existe una persona a quien podemos definir como inocente, pero no ingenua: Jesús.

Me atrevo a decir que Jesús es la persona menos ingenua de este mundo, pues es quien tiene más posibilidades de ver la verdad y la realidad, no solo de unos cuantos, sino de todo ser humano. Es capaz de ver los defectos de todos nosotros, de identificar las motivaciones más escondidas y oscuras, los pecados más ocultos e inimaginables en toda la historia y en todo el mundo. Quién menos ingenuo que Dios hecho hombre, que es capaz de conocer mejor que nosotros mismos lo que habita y existe en nuestro interior.

Pero Cristo no solo es lo más opuesto a la ingenuidad, sino que esa capacidad de ver la verdad le lleva a ver y amar también lo más importante, lo más valioso y verdadero que habita en cada uno de nosotros; aquello que nosotros mismos no somos capaces de conocer con la hondura con que Él lo hace. Alguien que nos ama y comprende más que nosotros mismos.

Jesús no es ingenuo, pero es el único a quien podemos darle el título de INOCENTE en toda ocasión, en todo tiempo y en todo caso.

No sé si los enredé con este tema, pero al rezar sobre el Evangelio de este domingo me vino esta reflexión que ahora les explicaré. Al ver que Juan Bautista dijo de Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” Jn 1,29.





El punto clave está en el significado tan importante que tiene el Cordero en la Biblia. Trataré de explicárselos de una forma reducida y simple:

·        Abraham recibió el pedido de Dios de sacrificar a su único hijo, Isaac. Vivió una prueba de fe muy grande hasta que Dios detuvo su mano en el último momento. En lugar de su hijo, le indicó que sacrificara a un cordero que estaba trabado en las ramas: una ofrenda que expresaba su amor y confianza.

·        Mucho tiempo después, el Pueblo de Dios celebraba el Yom Kipur, el Día del Perdón. En esta ceremonia se utilizaba un animal para simbolizar que las culpas eran transferidas y alejadas del pueblo. Sin embargo, aquel animal no tenía conciencia de lo que ocurría; cargaba con el pecado de forma ingenua, sin poder elegir su destino.

·        Es así que, al decir Juan que Jesús era el Cordero de Dios, evocaba que, en este caso, Jesús sería ese verdadero Cordero INOCENTE quien asumía el pecado del mundo y nos podía salvar del pecado y la esclavitud interior.

Les invito de corazón a tomar conciencia de esto, porque lo que nos puede llenar de gratitud, de asombro y amor hacia Dios es comprender que Jesús, quien NO ES INGENUO, sabe muy bien cómo somos y, LIBREMENTE, siendo muy consciente del dolor, de la sangre, del hondo sufrimiento y del precio de la muerte que le tocaría asumir, decidió entregarse en el altar del Calvario para sacar de nuestras vidas el pecado para siempre.

Jesús es el Cordero INOCENTE quien, sin tener culpa, decide asumir todos nuestros pecados y dolores para salvarnos y hacernos felices.

Consciente de todo, sin cerrar los ojos ni relativizar la realidad, comprendió perfectamente las consecuencias de su entrega. Decidió que, a diferencia de Isaac, Él mismo se convertiría en el sacrificio definitivo. Como bien dijo el profeta: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” Is 53,7

Así es el amor de Dios: un amor que no niega nuestra oscuridad, sino que la conoce a fondo y decide abrazarnos a pesar de ella. Él sabe con realismo qué necesitamos para ser rescatados.

Gracias, Señor, porque eres el Cordero que no nos mira con ingenuidad, sino con una misericordia total.

Gracias porque sabes exactamente qué necesitamos para ser rescatados y no dudas en entregarte para que vivamos hoy, y siempre, el amor y el gozo infinito al que hemos sido invitados.


Les comparto esta canción que me encanta y justo hace la relación entre el cordero del Antiguo Testamento y el que Jesús nos revela. Está en inglés, aquí les comparto la traducción.




La Ofrenda de Abraham

Abraham, me llamaste
Estoy listo, Señor; ¿qué quieres de mí?
Toma a tu hijo, tu único
Tu alegría por encima de todo
Debes viajar hacia la montaña
Al lugar del que hablo
Debes ponerlo en el altar
Debes devolvérmelo

Y esa noche no dormí
Y mi agonía dio a luz a la luz de la mañana 
Por tres días eternos mi hijo caminó a mi lado 
Y Isaac se volvió hacia mí mientras nos acercábamos a la altura elegida

Padre, yo llevo la madera, y tú llevas la llama
Pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio de alabanza?
Dije, 'Dios proveerá; lo que pide debemos hacer
Oh Dios, confío en ti'

Este era el hijo que me diste

El fruto de todas mis oraciones que ofrecí fervientemente
Mi hijo, mi único, llevaste la madera por mí

La tomé de sus hombros
Cuando nuestro viaje terminó
Comencé a construir el altar
Luego le até las manos y los pies

Entonces miré a sus ojos
Vi la confusión y escuché sus llantos
Padre, ¿por qué haces esto?
¡Por favor, dime algo!
Pero el silencio fue mi única respuesta
Ya no podía hablar

Entonces lo puse en la madera y temblé como la llama
Con manos temblorosas tomé el cuchillo y recé por fuerza
No entiendo, pero mi amor por ti es verdadero
Oh Dios, confío en ti

 

Oh Abraham, el Señor me gritó
No mates a tu hijo; no le hagas daño en lo más mínimo
Ahora sé que no hay nada que no hagas
Ahora sé que tu amor por mí es verdadero

Por tu fe, todas las naciones encontrarán bendición en tu nombre
Has confiado en mi promesa
Así que tu reino será grande
Tendrás descendientes incontables como las estrellas
Y como las arenas del mar 
Todo el mundo ha sido bendecido 
A través de tu obediencia hacia mí 

 

Jesús en su agonía
Estoy listo, Señor, ¿qué quieres de mí?
Mi Hijo, mi único, mi rostro revelado para ver
Debes viajar hacia la montaña hasta la cruz en el Calvario
Debes acostarte en el altar
Debes morir para liberarlos

Y esa noche no dormiste
Y tu agonía dio a luz a la luz de la mañana
Por tres horas eternas, hiciste un último sacrificio
Para salvarnos con tu sangre y ofrecernos vida eterna

Cordero de Dios en la madera
Con la llama ardiente del Espíritu
El Padre dio a su único Hijo como el Cordero a ser sacrificado
Para cumplir toda esperanza de que tus promesas son verdaderas
Oh Dios, confío
En Jesús confío
En Jesús confío en ti



Comentarios

  1. Gracias Magali, a través de tu explicación entendí más fácil el evangelio.

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