¿Quién de nosotros no ha tenido la experiencia de tener sed? Algo que puede hasta alterarnos a medida que pasa el tiempo. Es algo por lo cual incluso podemos desmayarnos o morir, pues el líquido en el cuerpo es fundamental. Y creo que en la vida tenemos experiencias interiores que son así: sed de encuentro, sed de perdón, sed de paz, sed de respuestas, sed de eternidad. Una sed que también urge ser saciada y que si tomamos buenas decisiones, encontraremos la fuente para saciarla.
Me vino a la mente esta
experiencia al rezar sobre la solemnidad que recordamos hoy: la Epifanía del
Señor, con personas muy particulares que hicieron cosas increíbles por
saciar la sed que vivían.
Es una fiesta
litúrgica cargada de símbolos con los que podemos identificarnos.
Espero que estas reflexiones nos ayuden a ahondar en esta fiesta y a comprender
mejor lo que Dios nos quiere enseñar.
El viaje: En primer lugar, está este viaje y llegada de
estos hombres de Oriente. Vienen de lejos, convencidos de que encontrarán a un
rey recién nacido. Salen de sus comodidades y riquezas hacia lo desconocido,
pero movidos por algo que sí conocen bien: esa sed, esa búsqueda y la certeza
de que existen cosas más importantes que lo fácil y lo cómodo.
Creo
que existen verdades y necesidades que vibran tan fuerte en el alma que no
pueden ser acalladas. Son anhelos y sueños que necesitamos cumplir: la
necesidad auténtica de saciar el hambre de algo más grande y gratificante que
todo lo que hemos vivido hasta hoy. Y hemos de ser fieles a ello, porque así
seremos fieles a nosotros mismos también.
Mostrar al Salvador:
Pero esta historia no es de un solo lado. Frente a ellos está la Sagrada
Familia. En este encuentro María carga al Niño, asombrada por la seguridad de
estas personas tan importantes que han venido de lejos para adorarle. Ve a
hombres que hablan otro idioma y tienen otras costumbres, pero que humildemente
están verdaderamente sorprendidos y agradecidos.
Aprendamos
de la actitud de la Madre. Ella, al igual que hizo con los pastores, no
escondió al Niño, sino que se los mostró, porque sabe que su Hijo ha nacido
para toda la humanidad.
Ese es justamente el
significado de Epifanía (del griego epiphaneia: "manifestación"). Jesús no es
solo el Mesías de los judíos, sino el Salvador de toda la humanidad.
Ellos no se guardan a
Jesús, sino que lo manifiestan y enseñan al mundo envuelto en pañales. Que a lo
largo de nuestra vida mostremos a Jesús a todos los que se encuentran con
nosotros.
Los regalos: Cuando
recibimos uno, sabemos que son muestras concretas de
cariño y gratitud, y que nos comunican un mensaje. Y en este caso, los que
trajeron los sabios de oriente también guardan un significado profundo:
Le
trajeron oro, ese metal precioso y valioso que se guardaba para los reyes. Y al
darle al Niño, expresaron que es el Rey de nuestra vida. Que también nosotros podamos
reconocer en Él al único Rey a quien seguimos, obedecemos y honramos. Que nadie
ocupe ese lugar porque el Rey de nuestra vida es el que nos conduce al Reino de
eternidad y plenitud que tanto anhelamos.
Le trajeron también incienso. Un
polvo traído de árboles lejanos y que despide un olor especial que se eleva
hacia el cielo. Incienso que dirige nuestra vida y deseos como una oración que
se eleva a Dios. Incienso que reconoce en Él a Dios. Un incienso que nos invita
a dejar que Dios sea Dios en nuestra vida…
Y finalmente el regalo más
extraño: la mirra. Un polvo que se usaba para anestesiar a las personas y
principalmente para amortajar a los difuntos. Un regalo que nos recuerda que Jesús
es Dios, pero también es hombre. Mirra que nos recuerda que Él no es alguien
lejano y distante. Dios se nos manifiesta así humano, débil, Niño, frágil y
vulnerable como somos todos y cada uno de nosotros.
Un Dios que se hace hombre débil
y sediento. Epifanía de Alguien que se hace tan cercano, tan humano y tan necesitado
como tú y yo.
Siguiendo la estrella:
Encuentro
y camino guiado por una estrella viva y luminosa. Astros creados por Dios.
Astros que fueron analizados, estudiados y comprendidos por personas que
pusieron todos sus talentos para buscar y encontrar lo que tanto anhelan. Que
hoy día podamos ser así como ellos: poniendo todos nuestros dones y talentos en
lo que realmente valga la pena e importe. Que no desgastemos nuestro tiempo,
nuestros pensamiento y emociones en cosas absurdas que nos hacen daño.
Que a lo largo de nuestra vida
busquemos la verdadera estrella y guiados por su misma luz podamos tener a
Jesús y al cielo más y más cerca.
Los sabios además eran hombres de
fe, creo que más que muchos escribas. Creyeron en las profecías que hablaban del
lugar de nacimiento en Belén con mayor certeza que los mismos estudiosos de la palabra
de Dios y los profetas. Que hoy ellos nos enseñen a confiar en lo que el
Espíritu nos diga. Que confiemos en su llamado, en su Palabra y en lo que nos
pida a cada uno de nosotros, porque sólo así encontraremos al Niño, a la
felicidad eterna y a este amor que no tiene fin.
Valentía para cambiar
de rumbo: Y los sabios fueron valientes para cambiar de
rumbo cuando fue necesario. Sería un camino más largo, nuevo o más complicado.
Pero el gozo del encuentro, de las bendiciones recibidas seguramente les
hicieron el camino más llevadero y colmado de esperanza.
Que el encuentro con Cristo vivo
nos anime a tomar siempre buenas decisiones. Que el encuentro con Él nos lleve
a ser como Dios quiere que seamos para ser felices toda la eternidad.
Que hoy este encuentro nos confirme
que vale la pena ser fieles a nuestros anhelos, a la felicidad que anhelamos.
Que vale la pena seguir adelante a Alguien que es más brillante que una
estrella porque es la misma Luz que vino a iluminar toda tiniebla y todo dolor.
Que hoy renovemos nuestras decisiones,
nuestras alianzas y promesas para ser fieles a la Luz, a la Verdad y al camino
de nuestra verdadera felicidad.
Les comparto un himno muy lindo
de la Liturgia de las Horas que se reza en el día de la Epifanía:
Himno: REYES QUE VENÍS POR ELLAS
Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.
Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.
Aquí parad, que aquí está
quien luz a los cielos da:
Dios es el puerto más cierto,
y si habéis hallado puerto
no busquéis estrellas ya.
No busquéis la estrella ahora:
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.
Ya no hallaréis luz en ellas,
el Niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.
Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.
Aquellas lágrimas bellas
la estrella oscurecen ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas. Amén.
Y les comparto una película tradicional muy
bonita: El Cuarto Rey Mago


Gracias, bendiciones
ResponderEliminarQuerida Magali, bella reflexión la que nos has compartido con tanta sabiduría esta semana y bella película también la que nos has compartido.
EliminarComo siempre, muchas gracias por todo.
Dios te bendiga y te guarde siempre.
Elvira Orellana.