Llegó la hora, llegó
el momento e hiciste lo que el Padre te pidió. Fuiste a buscar a Juan, aquel
que iba preparando el camino para que otros se encontraran contigo.
Fuiste
a buscarlo, pero no le dijiste: “Llegué, diles a tus discípulos que me sigan”.
No. Sencillamente llegó el momento de vivir lo que el Padre te pidió: te
pusiste en la fila y, como uno más, fuiste bautizado.
Juan
el Bautista, obviamente, se sorprendió y cuestionó tu pedido, pues en realidad
eres Tú quien debería bautizarlo a él. Pero no; llegó el momento e hiciste lo
que el Padre te pidió.
Llegó el momento de acercarte a nosotros, ya no solo como el Niño nacido en Belén o el joven de Nazaret.
Llegó el momento de acercarte a nuestras vidas como adulto, para caminar con nosotros o para cargarnos...
Llegó el momento de
solidarizarte y hacerte presente en lo cotidiano de nuestro camino.
Y entonces nos viste en la fila buscando la conversión, acogiendo la invitación de Juan para sumergirnos en el río y renacer. Nos viste —y nos ves— con una decisión de cambio.
Llegó el momento en el que Tú vivas y recibas las consecuencias de
nuestra humanidad.
Llegó
el momento de sumergirte con amor y obediencia en el río Jordán; ese río que no
era limpio ni transparente, sino un río enlodado y fangoso. Un río lleno de la
historia salvación; un río que representa la actualidad de nuestra
redención. Pero un río sucio como muchas veces está nuestro corazón y en el que Tú te sumerges para lavarlo, curarlo y hacerlo nuevo.
Llegó
el momento de iniciar tu misión, de hacerte uno con nosotros, asumiendo las
consecuencias del pecado. Como dijo San Pablo: “Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros”
(2 Cor. 5,21).
Llegó el momento, y Aquel que es limpio y sin culpa, se hizo bautizar como si fuera un pecador más.
Llegó el momento, y Aquel que es Dios llenó de gracia el río y toda la humanidad.
Llegó el momento de revelarte y vivir una nueva Epifanía, mostrándote como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Llegó el momento de empezar tu misión, tu vida pública,
tu predicación y nuestra salvación.
Gracias,
mi Señor, por sumergirte en el fango y el lodo. Por buscarnos hasta en los
lugares más oscuros para salvarnos, lavarnos y bautizarnos a la vida eterna con
tu Sangre bendita.
Señor,
y entonces:
Llegó
el momento de confirmar mi identidad: de hija del Padre, de hermana tuya, y de
reconocer la presencia del Espíritu Santo habitando en toda mi vida.
Llegó
el momento, mi Señor, de permanecer a tu lado para que, asumiendo las
consecuencias de mi bautismo, viva el llamado y lo que el Padre espera de mí.
Llegó
el momento de mirar con más profundidad esta identidad y este llamado, para
responder con valentía a la misión que me has encomendado.
Llegó
el momento de vivir con más entrega mi identidad y mi misión, esa que me
diste desde la eternidad: la de ser feliz desde el amor y la entrega.
Llegó
el momento de hacer más hondo este encuentro: el de Jesús que se sumerge y se
abaja por mi, con esta persona tan frágil que se deja elevar y amar por Ti.
Gracias,
Señor, por hacer de cada día el mejor momento para vivir la misión e identidad, ésta sembrada en lo más profundo del corazón.
En aquel tiempo, vino Jesús desde
Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo
diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se
bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de
Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Mt 3, 13-17


Buenas tardes querida Magali, gracias por esta bella meditación de esta semana, tenías que ser tú, quien, con la profundidad de tu FE, nos compartiera todo lo descrito por ti.
ResponderEliminar¡Dios te Bendiga y te guarde siempre querida Magali!!!
Elvira Orellana.