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Mostrando entradas de febrero, 2026

El eco del desierto

  I maginémonos estar en un desierto por más de un día, así como lo estuvo el Señor Jesús. Una experiencia difícil y exigente por el calor, el polvo, la sed y otros factores. Hoy me quedé meditando en una de estas realidades que se viven allí: la soledad. En un desierto no se escuchan sonidos, bullas ni músicas. Estamos sin estímulos físicos y sociales que nos distraigan. Traslademos ahora esta experiencia a la de un desierto interior que implica muchas vivencias. Un desierto en el que no haya personas o distracciones. Sin urgencias por hacer ni ayudas externas que nos hagan más fáciles las cosas. Estar en un desierto interior es como estar cara a cara con nosotros mismos, con la imperiosa necesidad de tener un único eco que suena y resuena en nuestro corazón: el de nuestra verdad y nuestra presencia. Un desierto en el que no podemos ocultarnos con distracciones, evasiones o facilismos; donde ya no podemos echar la culpa a otras personas por nuestra realidad. Tal vez por es...

Desde el fondo de la fuente...

  Imagínate una fuente; una de la que brota agua sin parar y con una fuerza que moja y empapa todo lo que está a su alrededor. Una fuente así no se puede dividir. No puede brotar agua por un lado y aceite por otro; necesita ser consecuente con la raíz desde la que nace aquello que da. Esto, que parece lógico en la naturaleza y en tantas realidades que nos rodean, nos plantea un desafío en el corazón humano: ¿Por qué en nosotros muchas veces no ocurre lo mismo? ¿Por qué el ser humano tiene como fuente el amor y, al pasar los días ya no da vida, sino también rechazos, venganzas, desconfianzas o daño? Nuestra fuente es el amor de Dios, pero, haciendo mal uso de nuestra libertad, preferimos sacar y dar otras cosas… Al leer el Evangelio de este domingo, en el que Cristo muestra la radicalidad del amor, me vino esta comparación. Tú y yo hemos nacido para ser felices mediante el amor. Hemos recibido el mejor ejemplo: el mismo Cristo, que es Dios hecho hombre. Hemos recibido la fuerza ...

La primera chispa...

  Subí al bus el otro día, y me llamó gratamente la atención un pequeño detalle: había gente parada, pero había 4 sitios en la zona preferencial en los que nadie se sentó. Me quedé pensando entonces que todo pudo empezar con una persona que decidió dejar libre el lugar, lo cual llevó a otro a hacer lo mismo. Me quedé conmovida pues era como la cadena de una buena acción que contagió a que otros hicieran lo mismo. Una cadena que empezó con una primera chispa que encendió a otros. Y así el bien creció... Y al rezar el lindo Evangelio en el que Jesús nos dice que somos la luz del mundo y la sal de la tierra, me acordé de esta experiencia, porque en nuestra vida cristiana existe esa primera chispa que empezó el fuego de la verdadera revolución del amor. Una primera chispa que tiene el rostro de Jesús.   Y es que El amor de Dios, es luz de vida, es como esa Chispa indescriptible y misteriosa que puede transformar absolutamente todo. Es esa Chispa de amor capaz de convertir lo...