Luego de un accidente, estando en la clínica, llegó una monjita que caminaba lentamente porque tenía la espalda encorvada. Fue la que más pudo ayudarme y solucionar las heridas. Pero más que su eficacia como buena enfermera, me impresionó su mirada y postura. Y quedé muy agradecida. Días más tardes me enteré que era una religiosa que tenía varias décadas de servicio en la clínica y que su postura era el resultado de tantas horas de servicio, agachada y encorvada para atender pacientemente a los que venían. Una postura hecha vida que me llevó a pensar cómo los hábitos de vida y las actitudes quedan grabados en todos los aspectos de nuestra humanidad. Su amor a los demás se expresaba misteriosamente en su cuerpo. Este domingo, Jesús nos narra una parábola que me hizo recordar esta historia, pues en ella nos hace pensar cómo es la postura de nuestro corazón al rezar y al relacionarnos con los demás. En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismo...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...