Qué emoción se vive cuando preparamos la visita de alguien querido a nuestra casa. Esperamos la llegada de ese día preparando y disponiendo todo para que esté a gusto, para que se sienta bien y perciba el cariño que le tenemos con detalles y esfuerzos. Cuando sabemos el día y la hora que vendrá, podemos organizar y planificar mejor cosas más especiales y elaboradas. Y todo con entusiasmo porque nos llena de alegría el corazón. Pero existen también esas personas a las que queremos tanto y que le tenemos una confianza tal, que no tienen que anunciar su visita, pues pueden llegar en cualquier momento para hacernos compañía, para contarnos algo nuevo o para quedarse en silencio y comunión haciéndonos compañía. Personas que ocupan un lugar mucho más profundo en el alma. Y tal vez por ser tan especiales, les guardamos en la despensa lo que tanto le gusta, o tenemos siempre a la mano lo que sabemos que necesitará. Son esas personas que ocupan un lugar indispensable en nuestro camino...
Todos tenemos experiencias cotidianas que nos llenan de asombro y nos llevan a encontrarnos con la presencia de Dios en nuestra vida. Quiero compartirles mis propias experiencias sencillas y reales, que puedan animarles a descubrir las que están a su alrededor...