Sea intensa o simple, todos queremos experimentar la alegría. Es una de las emociones básicas de nuestra humanidad, que nos puede llevar a disponer nuestra vida de otra manera.
Es
esa emoción que nos puede llevar a ver las cosas con luz y colores más vivos y
a darnos fuerza para realizar tareas difíciles. Es la que nos permite pasar
situaciones difíciles de una forma más llevadera. Es un estado de ánimo que lleva
a despertarnos y levantarnos con ganas de lograr grandes metas y la que nos
ayuda a poder ser agradecidos con los que recibimos. Es una emoción que nos
abre los oídos y todos los sentidos de tal manera que podemos disfrutar
dulcemente de las cosas más sencillas de la vida y de nuestra vida cotidiana.
Es esa emoción que nos lleva al asombro y en la que nos sentimos más cercanos a
los niños.
Todos
alguna vez en la vida hemos tenido esa experiencia tan agradable de haber
estado necesitando algo importante y llegó. Y al recibirlo sentimos la sensación
de que ha encajado perfectamente en el corazón. O cuando llega de la forma
menos esperada. Esas sorpresas de alivio, esos consuelos que despiertan el
alma, que avivan las fuerzas y nos animan a esperar y confiar más.
La
alegría tiene la capacidad de sacar lo mejor de nosotros y es la que nos puede
ayudar a tomar decisiones de generosidad, de cambio y de esperanza ante nuevos
caminos.
Y
es que la alegría brota, pero estoy convencida que no viene sola. Viene al
haber recibido y dado amor.
Ese
amor dado y recibido del hijo, la madre, el amigo, el esposo o novio, e incluso
de esa nueva persona que hemos conocido. Obra de tal manera que al recibirlo es
como si tocara un timbre en el alma que nos lleva a abrir puertas y ventanas.
Sí, el amor despierta y permite hacer grandes prodigios en el alma.
Cómo
se puede describir entonces, si esta experiencia viene del mismo Dios, quien
nos está amando: a través de los nuestros, a través de esa experiencia tan
misteriosa en la que nos habla, cuando cumplió la promesa que esperábamos de
Él, cuando estamos en un momento de paz y apertura y sentimos en el pecho fuego
y presencia desbordada… Cómo describir cuando su amor y presencia empiezan a
inundar toda nuestra casa. Cómo describir cuando su amor despierta en nosotros
un gozo indescriptible que empieza a ocupar hasta los lugares olvidados, dolidos,
escondidos y alejados de nuestra vida.
El
amor de Dios despierta, aviva, enciende, transforma, canta, arrulla, consuela,
abraza, cura, camina, habla, escucha, resuena, cuestiona, apela, llama… Su amor
no solo nos da alegría, sino que nos ofrece la meta que todos anhelamos: ser
felices.
El
amor de Dios es como una campana con un sonido tan fino y dulce, con color y brillo
tan vivo, que enciende y activa todas las fibras de nuestra humanidad. La
verdadera alegría, la que brota de lo hondo, la que no se apaga con los
problemas tiene un motor y un autor: Dios, porque Dios es Amor.
En
este domingo de Adviento, llamado el de la Alegría, tomemos conciencia de este
amor indescriptible que damos y recibimos día a día. Un amor que se origina y
enriquece desde la misma fuente que es Dios.
Unámonos
a Isaías, describe cómo el Amor de Dios nos lleva a la verdadera alegría, cómo
hace milagros en nuestro camino y podrá curar toda herida y necesidad en
nuestra vida.
“El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo...Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis... Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo. Retornan los rescatados del Señor. Llegarán a Sion con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción”. Isaías 35, 1-6a. 10
De la mano de María,
aprendamos a esperar y a vivir en el gozo profundo. Que su vida, marcada por el
"Hágase" y el canto agradecido del "Magníficat", sea
nuestra escuela para vivir desde el amor y la constante presencia de Jesús.
Con la Madre del
Adviento, acojamos el Amor que nos transforma y nos lleva a anunciar y vivir en
una alegría constante que podrá crecer cada vez más.


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