Estoy convencida de
que uno de los regalos más maravillosos que nos ha dado Dios es la amistad.
Creo que tener un verdadero amigo es una ruta segura para nuestra felicidad. Es
esa persona con quien podemos pensar en voz alta, a quien podemos abrirle el corazón
sin miedo pues sabemos que nos trasciende, y a quien le damos permiso para
recordarnos quiénes somos si lo olvidamos o nos desviamos. Antes de explicar
algo con palabras, ya sabe lo que pasa por nuestra mente y corazón. Y cuando
estamos con esa persona, todo se renueva porque la historia en común va tomando
nuevos retos y caminos a lo largo de los años. El tesoro de la amistad es una
hermosa responsabilidad y un reto; y como todo tesoro, es importante hacerla
crecer.
Creo que cuando
existe una auténtica comunión, ver sufrir a esa persona puede ser más fuerte
que el sufrimiento propio. Personalmente, cuando me pregunto qué experiencias
son las que más me han costado vivir, no dudo en responderme que es el haber
visto sufrir a los que amo. Y es ésta la experiencia que vivió Tomás en el
Evangelio de este domingo.
Efectivamente, cuando
se lee y medita este pasaje en el que Tomás no creyó que Jesús se había
aparecido a los apóstoles resucitado, se suele criticar el “ver para creer” de
Tomás. Pero sería bueno ponernos también en su lugar. Amó tanto a Jesús
construyendo con Él una hermosa amistad y probando su amor de distintas
maneras.
Tomás,
por ejemplo, es quien al escuchar a Jesús decir que iba a ver a su amigo Lázaro
muerto, sabía que iría a un sitio donde corría el riesgo de morir; pero a pesar
del miedo fue el que dijo: “Vayamos a morir con Él” (Jn 11, 16).
¿Cómo
describir el dolor hondo por la muerte de su mejor amigo y maestro? Es probable
que el sufrimiento por su Señor le pudo llevar a cerrar la mente y el corazón,
no le dejó entender, confiar y aguardar la promesa de la Resurrección. Un dolor
nubló su mente para no poder creer a las mujeres, los discípulos y otros
testigos que ya le habían visto resucitado.
Le
falló la memoria de las promesas, le falló la apertura a sus otros amigos y le
falló la confianza. Es como si un dolor tan fuerte bajara el volumen de todas
las otras noticias. Entonces necesitamos de una fuerza sobrehumana, que es la
gracia de Dios, para poder dar el salto para ver y escuchar otra vez.
Y
Jesús conoce el corazón de Tomás, comprende la forma como él vive el dolor y el
amor por Él. Entiende sus condiciones: “Si no meto mi mano en su costado y en
sus heridas, no creo”.
Por
ello, ocho días después de la aparición en la que Tomás no creyó, Jesús
Resucitado se aparece y se acerca a él para mostrarle las heridas y el costado,
tal como lo había pedido. Es entonces cuando Tomás puede soltar el corazón
endurecido y permitir que entren la paz y la alegría.
Pero,
además, el gozo de Tomás fue también comprender que ¡su mejor amigo está bien!
Y está mejor que antes… Es Cristo Resucitado, con su cuerpo glorioso que
mantiene también las heridas. Ya no es sólo el de antes. Es mejor aún,
llevándole a postrarse con maravillosa expresión de fe: “Señor mío y Dios mío”.
Hagámonos
amigos de Tomás, y cuando vengan dudas como a él, cuando nos quedemos como
atorados en el Viernes de Pasión o cuando no creamos en la fuerza de la
Resurrección, aprendamos a dar ese salto de fe para poder decir también: “Señor
mío y Dios mío”. Tomás nos ayudará a vivir de la esperanza cuando el dolor del
amor nos nuble y paralice.
Y
también te animo hoy a algo muy importante: si nos ponemos en el lugar de
Tomás, hay una pregunta que hemos de hacernos:
¿Quién le ha tocado
las heridas a quién?
¿Solo Tomás a Jesús?
¿O no será que
primero Jesús tocó y sanó las heridas de Tomás?
¿No
será entonces también, que Jesús toca nuestras heridas, las alivia y sana para
poder verlo con ojos de fe y amor?
¿Y no será que con su
misericordia y perdón es que las toca, las alivia y nos llena de fe y
esperanza?
Por
eso hoy, que también celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, es un día
maravilloso para entender que nuestro mejor amigo, Jesús Resucitado, nos
perdona todo, lo trasciende todo y nos ama con un amor incondicional. Es el que
toca nuestras heridas y nos abraza con misericordia y confianza.
Que
sea un domingo y una semana para experimentar el amor incondicional de nuestro
amigo.
Gracias, Tomás, por poder
identificarnos contigo, pues tú también eres incrédulo, sufres y que anhelas
tener cada vez más cerca a nuestro mejor amigo: Jesús Resucitado.
Les
dejo el link de Tomás, una muy linda que reconforta el corazón.
Película Santo Tomás Apóstol:
https://www.youtube.com/watch?v=cnTxZhr4qvc



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