Esta es una palabra que, aunque pensemos no tenerla muy presente en el diccionario de la vida, sí lo está…
Creo que la búsqueda de seguridad
motiva gran parte de nuestras acciones; su ausencia genera carencias y
problemas, y su presencia define nuestras decisiones. Todos, sin
importar cuán autosuficientes seamos, necesitamos sentirnos protegidos y
seguros.
Y es que la experiencia de
vulnerabilidad, de sentirnos frágiles y desprotegidos es una experiencia que puede
hacernos sentir incompletos e insatisfechos a pesar de ser algo tan humano
y comprensible.
Nadie disfruta la inseguridad. ¿Cómo podría gustarnos un estado que nos
enfrenta directamente con el miedo al sufrimiento y a nuestra propia finitud?
Pero es una condición que nos acompañará hasta el fin de nuestros días.
Sin embargo, hay formas de llevar
esta condición tan nuestra. Creo que hay personas que pueden vivir en una
mentira, pensando que no necesitan de nadie, que se bastan a si mismos y que
además deben cargar y asumir el peso de los suyos. Otros tal vez prefieren
evadir esta realidad y viven pensando y viviendo sólo temas que no les haga tocar esta herida concentrándose sólo en lo simple, superficial, lo cómodo o
en lo que sí son capaces de controlar. Y otras, que viven sufriendo antes de
sufrir y tocando la herida y la experiencia de la inseguridad como una realidad
sin salida.
¿Y por qué hablo de un tema así en este día?
Porque estoy convencida que hay una única
manera de saber comprender y hasta amar esta inseguridad humana: dejándonos
cargar y llevar por Alguien que es más fuerte que toda la humanidad. Y Él es Jesús,
Resucitado entre los muertos, Aquel que ha vencido la inseguridad, la fragilidad
y la limitación humana más grande de todas que es la misma muerte.
Es un misterio insondable que
hoy celebramos: al mismo Dios que se hizo hombre para morir por ti y por mí,
para asumir toda nuestra humanidad herida y vencer la misma muerte con su Vida
divina.
Hoy es el día para poder llegar a decir “Bendita
Fragilidad” y “Bendita inseguridad”, porque es ella la que nos permite comprender
que podemos estar en manos de Aquel que nos ama tanto y que es más poderoso,
más fuerte, más invencible que todo y que todos.
Hoy es el día para poder dejarnos abrazar, cargar y llevar por el que más nos ama en este mundo, y con quien toda herida, toda muerte, toda limitación se convierte en fortaleza y en gozo. El día para confirmar en nosotros lo que dice San Pablo. "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" 2 Cor. 12, 10.
Hoy es un día para mirar las heridas,
mirar toda enfermedad, toda cruz, toda muerte interior, todo duelo, toda
incertidumbre, toda oscuridad y saber que ya no tiene que estar guardado y
encerrado en esa tumba con una piedra imposible de mover y salir.
Hoy queridos amigos, es el día de ver
la luz, la esperanza y de poder romper todo lo que no podemos, con la fuerza de
Aquel que todo lo puede.
Pero, sobre todo, hoy es el día para
darle gracias a Él, porque la única razón de ser, de vivir, de confiar y alegrarnos, es este AMOR INFINITO, este AMOR RESUCITADO, este AMOR PODEROSAMENTE ETERNO con
el que nos mira, nos anima, nos levanta y nos resucita.
Hoy es el día para secar toda lágrima con el lienzo que contempla la Resurrección.
Es momento de acoger la fuerza y el gozo que brotan de Cristo, permitiendo que el canto de Aleluya nazca desde lo más profundo de nuestros miedos y dolores.
Unámonos a la Madre para elevar
melodías de gratitud y certeza; y que, junto a Jesús Resucitado, el miedo se
transforme en abrazo eterno, la pena en arrullo de amor y nuestras cruces en
escaleras hacia el cielo.
Todo es posible con la fuerza de
Jesús Resucitado que nos ama tanto y ha cumplido así la promesa de nuestra
salvación.
¡Feliz Pascua de Resurrección!



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