Les
invito a usar nuestra imaginación para proyectarnos a ser como un ave que ha
volado muchos kilómetros y millas. Un ave que empieza a llegar a una zona de
frío invierno, que se va agotando más y más. Un ave que empieza a ponerse más débil
y que por el viento empieza a sentir que las plumas van desprendiéndose de ese
cuerpo pequeño, esas plumas que son su fuerza para volar y protegerse de las
inclemencias del clima. Imaginémonos ser esa ave que tiene que empezar a
descender el poco vuelo que le resta para salvar su vida. Y en tierra, se ve
desplumada, con frío, sola y con la necesidad de buscar alguna solución para vivir.
Creo
que en algún momento de nuestra vida hemos podido tener una experiencia
parecida. Momentos en los que solo toca enfrentarnos con la realidad que
vivimos. Momentos que podrían titularse: “la hora de la verdad”.
Cuando
llega la hora de la verdad, esa en la que no hay máscaras, bastones y corazas
que protejan. Esos momentos en los que todas las barreras han caído y nos
encontramos a solas, frente al espejo de la realidad frágil y necesitada de
nuestra humanidad. Esos momentos en que ya no hay recursos ni salidas. Esos
momentos en que el cansancio no es físico sino interior, porque se dio la mayor
decepción o traición, hubo una dolorosa caída, hubo esa honda pérdida y duelo.
Esos momentos en los que estamos como ya mudos del agotamiento y el dolor. Esos
cansancios en los que quedamos como en automático y con algún mecanismo de
defensa para no ver la herida o límite.
Momentos
de la verdad en los que estamos, así como ese pájaro sin plumas que permiten
elevar el vuelo, recibiendo los golpes de frío y viento fuerte que podrían
hasta hacernos tumbar. Momentos en los que quisiéramos ser exagerados con esta descripción,
pero en realidad puede ser hasta más duro que lo que podamos describir.
Momentos
que son como de quiebre, donde no sentimos los músculos del alma y del corazón.
Momentos
en los que las palabras de Jesús son aire fresco y la luz que necesitamos
encontrar:
“Vengan
a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré
alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde
de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga,
ligera''. Mt. 11,28-30
Y
es que Él sabe perfectamente cómo atravesamos estos momentos de cansancio, sabe cómo experimentamos esto tan humano, sabe de los temores que nos ocasiona, sabe de
la vulnerabilidad que vivimos. Sabe cómo es nuestra fatiga y agobio. Y por eso
nos invita a ir donde Él, nos invita a dejarnos abrazar por su manos dulces y
divinas, dejarnos cargar y arrullar cuando podemos sentir desmayo de dolor y
cansancio, sostener en sus hombros nuestro llanto de reclamos o de desahogo.
Está allí para acogernos con su propia vida.
El
cansancio no se va, pero solo alguien como Él puede permitir que un momento de
dolor y una situación tan difícil se pueda transformar en un momento de amor,
de encuentro, de abrazo eterno para sabernos sostenidos y elevados a otra
dimensión interior. Sólo Él permite que al estar en su regazo estemos como por
encima del dolor, para ver el mundo desde otra perspectiva. Sólo con su
presencia podemos saltar y elevarnos alto para tomar aire fresco y dulce, y
poder llegar hasta agradecer por este misterio que sobrepasa todo y hace que
podamos volar sin plumas, dormir en el viento, caminar sobre el agua y
alimentarnos eternamente en el hambre. Sólo con Él vivimos estos momentos de
gracia…
Sí.
Cristo transforma esos momentos duros de verdad y pruebas en experiencias sobrehumanas,
de gracia, que son difíciles de describir pero que cuando se viven son para
agradecer, acoger y no borrar del alma.
Por
eso hoy te invito a tener la valentía de reconocer esos cansancios, esos
dolores, esas situaciones en las que podamos decir “ya no puedo más…” Para ponerlas
en manos de Aquel que ha cargado nuestro yugo llamándolo suyo. Y nos ofrece el
descanso porque Él carga nuestro cansancio sobre sus hombros.
Y
entonces, al reconocer esta verdad dentro de nosotros, comprenderemos cómo
vivir esta verdadera humildad y mansedumbre. Ésta en la que ya no es necesario ningún
soporte externo para solo ver nuestra verdad interior. Y si la humildad es “andar
en verdad”, andemos humildemente, humanamente y mansamente en la vida sin temor
por ser frágiles y vulnerables, por estar agotados o rendidos.
Hoy
es un día para poner todas nuestras cargas, nuestros cansancios, nuestras responsabilidades,
nuestras cruces, nuestros proyectos y amores en sus manos y decirle con toda
libertad y con toda frescura de hijos y de hermanos del mismo Amor:
"Jesús,
ocúpate Tú... En tu hombro descanso, de tu Pan me alimento y en tu amor vuelvo a volar
y confiar."


Magali la reflexión de esta semana en especial la necesitaba muchísimo, gracias
ResponderEliminarMe encantó muchsimo; gracias Magali bella
ResponderEliminarMil gracias, es perfecta para una persona muy especial para mí 💕
ResponderEliminarGracias Magali,preciosa Reflexión Con Jesús en el Dolor y las alegrías!!!
ResponderEliminarMagaly una buena reflexión y buena semana. Lidia.
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