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Saltar la valla...

 


Era buena en el colegio; aunque no era la primera del salón, siempre tenía buenas notas. Y si bien se me daban bien con los deportes (entrenaba tenis después de clases), hubo un tema en el que me fue mal. Fue la única vez que reprobé un examen y ocurrió en Educación Física: no era capaz de saltar la valla en atletismo. No sé si era el miedo a volver a resbalarme y hacerme una herida fuerte, pero la sola idea de tropezarme al saltar era un temor que no podía vencer.

Hoy, meditando en la parábola que Jesús nos comparte este domingo, se me vino a la mente esta imagen. Es la historia de un padre que pide a sus dos hijos ir a trabajar a la viña. Uno le dijo que sí, pero al final no fue; el otro le dijo que no, pero terminó yendo a trabajar. De allí brota una verdad contundente: el bien cobra vida cuando realmente lo hacemos.

Creo que, así como yo le tenía tanto rechazo a saltar esa valla, a lo largo de la vida se nos presentan retos, misiones y situaciones en las que nuestro primer impulso hacia Dios es un “no”. Son miedos y resistencias comprensibles (algunos más que otros), pero son llamados de Dios que implican esfuerzos, riesgos y renuncias altas que nos cuesta asumir, a pesar de saber en el fondo que es bueno para nosotros.

Trabajar en la viña del Señor es trabajar en el camino de nuestra santidad (que es lo mismo que nuestra auténtica felicidad). Es asumir la misión que tenemos, renunciar a lo que nos hace daño, afrontar esos retos indispensables para madurar y ser mejores personas, y responder al llamado de guiar hacia el bien a quienes amamos, atreviéndonos a vencer inseguridades para ayudar a los demás. Trabajar en la viña es superar las vallas necesarias para llegar a la meta donde el Padre nos espera con los brazos abiertos, con la certeza de que las saltamos sostenidos por su amor y su gracia.

¿Cuáles son nuestras vallas? ¿Cuándo le decimos “no” a Dios? ¿Qué necesitamos creer y vivir para dar el salto? ¿Qué falta para decirle “sí” y hacerlo?

¿Saben? Estoy convencida que lo más bueno de todo esto es que, cuando vencemos los miedos, los rechazos y las incomodidades para hacer aquello a lo que en un principio dijimos que no, ocurre un salto cualitativo en el corazón y en el alma. Creo que cuando nos vencemos a nosotros mismos y actuamos a pesar del temor, lo más importante crece y madura: nuestro espíritu y nuestro amor. Y en esos momentos es cuando Jesús más se conmueve con nosotros porque le expresamos un amor con esfuerzo, uno más auténtico y fuerte. Es fácil mostrar amor cuando todo es sencillo; pero el verdadero amor se vuelve grande, claro y sólido cuando se entrega con esfuerzo, con lucha y poniendo todo lo que podemos para lograrlo.

Un amor como ese pavor que Jesús venció en la Cruz por nosotros. ¿Acaso no pudo haber brotado un “no” en Jesús cuando lo iban a flagelar y matar? Sin embargo, su amor fue más fuerte y decidió saltar la valla del miedo a la misma muerte por amor a nosotros.

Les comparto un pequeño consejo que pongo en práctica todos los días: cuando voy a Misa, vivo un momento muy especial con Dios Padre durante el ofertorio. Junto con el pan y el vino, le ofrezco mis vallas, esfuerzos y retos por asumir. Le ofrezco las vallas que no salté y las que sí. Le entrego todo y le pido que me dé la gracia para que, cada día, mis muestras de amor hacia Él y hacia los demás sean mayores.

Que esta semana aprendamos a decir «SÍ» y a saltar la valla del amor. Que nuestro amor no se quede solo en palabras, promesas o sentimientos, sino que se manifieste en obras grandes y pequeñas que construyan un hogar de vida, esperanza y acogida para todos los que nos rodean.

Una casa donde Dios sea el aire que respiramos y el alimento que nos sostiene.

Mt 21, 28-32






 Y si no has visto la película de San Agustín, te la recomiendo. Es un buen ejemplo de un santo que se negó seguir a Dios y luego lo sigue con toda su vida.


https://www.youtube.com/watch?v=hQGagdALGkQ

 


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