Si hiciéramos una
comparación entre las matemáticas y nuestra vida, podríamos decir que
rechazamos la resta y buscamos la multiplicación. Todo ser humano prefiere
ganar y nadie quiere perder. ¿Y qué podríamos decir si en nuestra vida
cristiana Jesús nos habla de un reto que rompe nuestra lógica interior? Él nos
afirma que, a medida que demos la vida, la recibiremos y la ganaremos en
abundancia. Pero como en las buenas operaciones, ésto es muy comprobable...
Trataré
de explicarme:
Hay cosas en nuestra
vida que nos llenan de vida. Son esas acciones que sacan lo mejor de nosotros;
experiencias en las que vemos tanta necesidad o retos por delante, que nos
volcamos hacia ellos con toda nuestra pasión y esfuerzo. Esa entrega y esfuerzo
para dar lo mejor de nosotros por lograr una meta, una ayuda o un proyecto que
hace mucho bien.
Entonces
ocurre algo extraño pero especial en nuestra atención y conciencia: perdemos la
dimensión del tiempo. Nos olvidamos de que ya es hora de almorzar, de dormir o
de hacer aquello que tanto nos gusta en los ratos libres. Son vivencias en las
cuales podríamos quedarnos más y más tiempo, entregados a ese servicio, a esa
ayuda; a la experiencia de ver volver a reír al que tanto sufre, o de ver que
ese proyecto que hará mucho bien va saliendo adelante. Son momentos en los que
estamos felices y entusiasmados, sin ser conscientes de lo cansados o agotados
que podamos estar.
Cuando
rezaba este pasaje del Evangelio, tan difícil de comprender a primera vista,
sentí que el Señor me remitía a esta experiencia. Estoy convencida de que es
algo así lo que nos quiere decir ante estas palabras tan exigentes:
“El que quiere a su padre o a su madre más que a
mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es
digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de
Creo
que la intención del Señor Jesús no es pedirnos que dejemos de amar a los
nuestros, y menos aún ponerse demandante exigiéndonos que lo queramos más a Él.
Escuchando a padres espirituales, identifico que el fin es hacernos entender,
más bien, lo que nos dice después:
“El que encuentre su
vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.
Y
es que perder la vida, paradójicamente, da vida. Es exactamente como esa
experiencia tan intensa y reconfortante de la que hablábamos al principio, esa en
la que la pereza o la tibieza no tienen lugar, porque la misión y el esfuerzo
—ese que implica "perder la vida"— no es algo aplastante,
desmotivante o tedioso. Entregar la vida, darlo todo por una persona, por ese
llamado que Él nos hace y por ese servicio realizado con pasión, es algo que
nos realiza, nos hace crecer y nos colma de amor y esperanza.
Dar
la vida por los demás, entregarnos y perder la vida para darla a otros es, sin
darnos cuenta, recibir como recompensa todo el amor de Dios sin haberlo pedido;
sencillamente porque el fruto de una entrega hecha con amor cae por su propio
peso. En una vida de entrega, incluso pueden aparecer cruces y dolores, pero
hasta ellos se llevan con amor porque la meta de buscar el bien y la misión
encomendada lo sobrepasan todo.
Busquemos una vida
llena de entusiasmo, esfuerzo, pasión y amor. Busquemos vivir desde las matemáticas de Dios. Busquemos gozar de este hermoso misterio: el de ser felices y recibir más, a
medida que más nos damos y nos entregamos.
No tengamos miedo a
darlo todo, a estar dispuestos a sufrir o incomodarnos. Cuando hay amor que es
enriquecido por el amor de Dios, todo es pleno, todo es perfecto. Y entonces a
los que amamos tanto recibirán de nosotros no solo un amor humano y limitado
dado con todo lo nuestro, sino que suma el amor de Dios que nos ha llenado de
su gracia, de su alegría y de plenitud.
Mateo 10, 37-42


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