La autoestima es una
cualidad y una habilidad muy necesaria en nuestra vida. Muchas veces dejamos de
arriesgarnos, de actuar o de hablar sencillamente porque no nos valoramos, no
nos creemos capaces o tenemos un mal concepto de nosotros mismos. Este es un tema
que me encanta y me ha tocado reflexionar y explicar de diversas formas a
distintos grupos de personas. La autoestima es algo que se gana con el tiempo, con
el autoconocimiento, con la decisión de arriesgarnos a mostrarnos tal como
somos, con la aceptación propia y con la indispensable ayuda de Dios y de los
demás.
Sin
embargo, creo que muchas veces se ha querido equiparar la autoestima con una
especie de “poder personal”, según el cual, automáticamente, deberíamos dejar
de temerles a los riesgos, a las personas que nos dañan o a los desafíos de la
vida. Pero la verdad es que es ingenuo e implica una exigencia absurda asumir
que llegará un momento en la vida en el que no le temamos a nada. Es imposible
que algún día seamos como los superhéroes de las películas, capaces de vencerlo
todo.
Por eso, permítanme agregar a esta reflexión una experiencia personal que coincide, además, con la celebración de hoy, en la que agradecemos a Dios por nuestros padres.
Al rezar sobre este
tema, me vino a la mente una imagen: el
recuerdo de la relación con mi papá. Son escenas grabadas en lo profundo de mi
corazón en las que me siento profundamente amada; escenas de mi niñez en las
que, al estar en sus brazos, podía ver todo desde arriba sintiéndome segura,
fuerte y querida. Estar en sus brazos me hacía sentir que era “capaz de
vencer a cualquiera”, porque los miraba desde lo alto y porque estaba en los brazos de
alguien fuerte y grande, de quien yo sabía que era capaz de todo con tal de
protegerme y hacerme feliz.
Me
viene este recuerdo porque creo que los temores y los miedos se entienden de
otra manera cuando nos sabemos protegidos y amados por alguien que es aún más
poderoso que nuestro papá: Dios Padre, Dios Creador, Dios providente que nos
conoce y nos sostiene eternamente.
Con
la certeza de estar sostenidos por nuestro Padre, podemos pronunciar una frase que
me encanta: “bendita fragilidad”. Una fragilidad que no se opone a la buena
autoestima, sino que la fortalece. Y es que nuestra humanidad está llena de
defectos, limitaciones, dudas, ignorancias y cosas por completar y madurar; es
una humanidad contingente, pero que está en los brazos de Alguien más fuerte
que el mundo entero. Alguien que nos sostiene y que tiene todo el poder para
mantenernos fortalecidos, plenos y felices.
La
fragilidad, cuando se acepta y se comprende, puede convertirse en una
experiencia de paz: la paz de sabernos hijos, de comprender que estamos en los
brazos del Padre. Es la certeza de saber que ningún poder humano tiene la última palabra. Una paz
que nos hace fuertes cuando confiamos plenamente en el poder del Padre.
Desde
ese orden, los miedos cambian de lugar. Y con esta confianza en el Padre,
seguiremos teniendo miedos —como también los tuvo Jesús—, pero con una
diferencia fundamental: son vencidos y transformados porque, cuando nos damos
cuenta, estamos en los brazos de Aquel que tiene la última palabra. Por ello,
ningún poder, ningún daño y ninguna fuerza prevalecerá sobre nosotros.
Estamos
cargados y protegidos por Aquel que nos conoce y nos ama tanto, que tiene
contados hasta los cabellos de nuestra cabeza.
Con esta certeza
sigamos creciendo en esta autoestima, en el amor a uno mismo y el amor a los demás, pero con la
libertad de comprender que nos hemos de equivocar, que habrá peligros, rechazos
y todo lo que puede sucedernos al ser consecuentes con nuestra fe, nuestra misión y
la coherencia de nuestra vida.
Con esta certeza, busquemos esta semana vivir nuestra confianza filial, nuestro amor a aquel
Padre todopoderoso que nos da toda la gracia, todo el poder y lo necesario para
amar, para entregarnos, para servir, para cumplir nuestra misión y para vivir
nuestra dignidad de hijos.
De manera especial que todos los
padres y aquellos que ejercen la paternidad, puedan recordar que su misión se vive cargando también a los que aman, pero que
a la vez son padres en brazos del Padre que no deja de amarlos y confiar en la misión de cada uno.
¡Bendita fragilidad! Y que con una buena autoestima sostenida en los brazos del Padre, caminemos confiados y felices.
Mateo 10, 26-33



Bendita fragilidad! Que bonito, gracias Magali
ResponderEliminarMuchas gracias Magali por compartirlo.Particularmente mi encuentro con el Padre cambio mi vida y le doy gracias, pero reconozco soy fragil , pero ahora se que ya no estoy sola y estando en los brazos del Padre, como que te da un poquito de mas seguridad, si caes sabes que El estara siempre para ti y nunca te falla.Gracias a Dios.
ResponderEliminarMuy hermoso
ResponderEliminarHermoso
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