Tuve el regalo de estar hace pocos
días en un planetario en el Cuzco, estaba en medio de un bosque silencioso y un
lugar acogedor y lleno de detalles. En este lugar vi cosas asombrosas. Y pude
ver desde el telescopio constelaciones y muchas otras cosas. Pero lo que me
dejó muy asombrada es que pude ver a la luna y al planeta saturno.
Esperaba ver la Luna con su brillo
habitual. Pero no me imaginé ver a Saturno con brillo también. Pregunté entonces
por qué se veía brillando si era un planeta, y me explicaron que al igual que
todos los planetas es iluminado por el sol, y la luz que veía era el brillo del
sol. Fue una experiencia muy emocionante que me llenó de gratitud por la
maravilla de una creación que va más allá de lo que ya es asombroso en nuestro
propio planeta.
Y hoy, al meditar sobre el Evangelio
de este domingo, recordé con emoción aquella experiencia y descubrí una
conexión que me hizo reflexionar:
«Maestro, ¿Cuál es el mandamiento
principal de la ley?». Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento
es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu
prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la
Ley y los Profetas». Mt. 22,34-40
Meditando, pensaba cómo el amor de Dios es siempre
la fuente de toda luz, de toda vida y de toda existencia. Es un amor que
ilumina todo lo demás, que nos precede, nos sostiene y nos capacita para amar,
incluso cuando no somos plenamente conscientes de su presencia en nuestra vida.
Es de este amor y de esta luz de donde nace nuestra capacidad de amar y de
reconocer el amor en los demás.
Cuando le preguntan a Jesús por el
mandamiento principal, es lógica la respuesta del Señor de empezar por el amor
a Dios con todo el corazón, alma y mente. Porque con Él todo tiene sentido y
sin Él nada es posible. El amor de Dios es como esta fuente de luz, e implica este
acoger su luz para dejar que se ilumine en nuestra propia vida.
La luz que pude ver reflejada en Saturno,
era la luz del Sol. La luz que reflejo en mi vida es el reflejo del amor de
Dios. El amor que veo reflejado en los demás es el reflejo del amor de Dios.
Y así como la luz del Sol ilumina a Saturno y nos
permite contemplarlo mejor, el amor de Dios nos ilumina para ayudarnos a
descubrir y ser lo mejor de nosotros mismos. Al acoger su amor, podemos crecer,
desplegar nuestros dones y reflejar su luz desde nuestra propia manera de ser.
Y el amor es de ida y de vuelta. El
amor no solo se recibe, también se entrega. Y estoy convencida que, en esta
dinámica de ida y vuelta, éste crece más y se hace más y más fecundo.
Hoy les animo a darle gracias a Dios
por este misterioso e indescriptible amor que nos da, y por este amor que al
recibirlo nos permite amar a todos con más fuerza, con más ilusión y más entrega.
Cada vez que veamos más luz en
nuestra vida y en la de los demás, recordemos que el Sol de Justicia nos
ilumina, y nos llega de su gracia para que el mundo brille y se pueda colmar de
esperanza.
Que nuestra vida sea un verdadero
reflejo de la luz de Dios, que nuestra vida cotidiana sea ame continuamente a
los demás, así como el Sol de Justicia no deja de brillar, iluminarnos y darnos
su calor.

El amor es de ida y vuelta
ResponderEliminarSe da sin recibir nada a cambio
El amor es recíproco.
ResponderEliminarQue importante que nosotros reflejemos la luz q recibimos del Señor!
ResponderEliminar